Soda cáustica (Vol. 3)

viernes, mayo 15, 2009

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Cuando se miró en el espejo antes de salir, Gustavo se dijo a sí mismo:

- Alguna vez fue que planeamos hacernos todo el daño de una vez, dictando una sentencia desafiante. Tu presencia es mi pesadilla. Quizás deba tomarme una revancha, aún tenemos cuentas por saldar... deslizaré mi puño por tu espalda. No existes, no existes, no existes, no existes.

Nadie notaría su ausencia en la oscuridad. Tomó las llaves, se sentó detrás del volante y partió hacia donde Marcela. Esa era la noche para regresar o terminar de una vez por todas la relación. Una vez frente a la casa, apagó el motor y encendió un cigarro para calmar su ansiedad. La ventana de la habitación de Marcela era la única que destilaba algo de luz a pesar de la hora. Decidió llamarle y suplicarle que saliera para que pudieran hablar. Si ella aceptaba, lo demás vendría por añadidura.

El celular sonó y ella se apresuró a buscarlo entre las sábanas y los libros esparcidos sobre la cama. Era él. Sin pensarlo dos veces, contestó la llamada. La verdad es que lo extrañaba. Las semanas separados habían sido difíciles, como cortar un vicio de raíz, sin desintoxicarse paulatinamente de la sustancia adictiva. La voz de Gustavo había vuelto a su tono sereno. Le pedía que viera fuera de su ventana. Lo hizo y rápidamente reconoció el auto negro. ¿Qué podría ir mal si accedía a hablar con él?

Se abrigó y salió de la casa, sin dejar rastro de hacia adonde iba. Estando frente a frente, sus cuerpos se llamaron como imanes. Él la abrazó como antes, sin hacerla de su propiedad. Después de una dulce verborrea, la convenció de ir a hablar a otro lado. Tal vez a uno de esos edificios altos donde podrían ver las luces de la ciudad. Poco le importaba, ella estaba feliz de estar con él. Y él reconoció en ella la suficiente debilidad y fragilidad para estar en ventaja.

Desde la cima del edificio se veía San Salvador durmiendo con las luces encendidas. No era la primera vez que estaban en esa azotea, era su lugar para huir del mundo. Sin mayores dificultades, lograron burlar a los vigilantes. Quizá era una noche para burlarse de toda autoridad. Ahí solos, entre besos y caricias reconciliadoras, Gustavo comenzó a susurrar al oído de Marcela:
- Te prefiero, fuera de foco, inalcanzable. Yo te prefiero, irreversible, casi intocable. Es una condena agradable el instante previo. Es una necesidad más que un deseo. Estamos al borde de la cornisa, casi a punto de caer. No sientes miedo, sigues sonriendo. Sé que te excita pensar hasta donde llegaré...

La sujetaba de las muñecas y la miraba con ojos endemoniados. En el forcejeo entre la vida y el abismo, Marcela gritó con todas las fuerzas de sus pulmones, pero él era más fuerte. Un soplo habría bastado para empujarla, pero él la quería ver sufrir así fuera por un corto instante. Quería que sintiera el mismo vacío que él había sufrido cuando lo dejó. Que se arrepintiera de haberlo saludado y de su sonrisa de aquella tarde. Que deseara haberlo dejado solo con su tormento. Y la soltó...

Los hombres uniformados llegaron demasiado tarde, solo para ver a Gustavo asomado en la cornisa contemplando a Marcela dormida 18 pisos más abajo. Ya sin nada ni nadie que le importara, los volvió a ver, extendió los brazos y les gritó:
- En sus caras veo el temor. Ya no hay fábulas en la ciudad de la furia. Me verán caer como un ave de presa. Me verán caer sobre terrazas desiertas...

Pero uno de los vigilantes fue más rápido en detenerlo, que él en dejarse caer. Las sirenas irrumpieron el silencio de la noche. Aún cuando escuchaba a la policía acercarse, la sonrisa burlona no se esfumaba de su cara. Al ser interrogado más tarde por sus motivos, contestó frívolamente:
- Ella usó mi cabeza como un revólver e incendió mi conciencia con sus demonios. Después de un baño cerebral estaba listo para ser amado. Pasa el tiempo y ahora creo que el vacío es un lugar normal. No creerían las cosas que he hecho por ella, cobardemente pero sin vergüenza.

Confinado a las 4 paredes de la bartolina, cuando las sirenas se callaron y las pesquisas terminaron, Gustavo no hizo más que decirse a sí mismo en voz alta:
- Ella durmió al calor de las masas. Y yo desperté queriendo soñarla. De aquel amor de música ligera, nada nos libra... nada más queda.

Extendió la mano lo más que pudo hasta alcanzar un bote olvidado de destapador de cañerías. Con un par de sorbos, la soda cáustica le drenaría los recuerdos de Marcela, mientras el stereo del jefe de policía tocaba una canción de rock de los '80.

PD. Las gracias a Gustavo Cerati y compañía por prestarme sus palabras..

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3 comentarios

  1. Buenisimo!

    Gracias totales! por esta serie de posts...

    Saludos!

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  2. :O no lo veía venir... ¡Me encantó :D!

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  3. @SK Mario: Ismael y Gustavo eran amigos. Es de ofrecer otro premio un día de estos.

    @Marlon: de nada, a la orden =D

    @Malu: me encanta que te haya encantado! Ahora sabes que la instructora tiene serios problemas mentales a la hora de escribir lol

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