Adultez

Bifurcación

jueves, septiembre 17, 2009

¿Y si el camino no lleva a ninguna parte?

Todos llegamos a un punto en nuestras vidas donde ya hicimos todo lo que teníamos que hacer. Cuando lo supuesto y lo planeado ya pasó, los objetivos ya se alcanzaron y las metas ya se superaron.

Vamos del vientre materno a la cuna, de la cuna a la guardería, de la guardería al kínder, del kínder al colegio, del colegio a la universidad (que bien podría llamarse "diversidad"). Y después de la universidad, ¿adónde?

Lo supuesto y lo planeado es que empecés a buscar tu primer trabajo, que seas económicamente productivo. El objetivo -especialmente para las mujeres- es que conozcás a alguien con quien querrás pasar el resto de tu vida y la meta es que te mudés de la casa familiar y formés tu propio hogar.

Pero, ¿qué pasa cuando no estás segura de querer lo supuesto y lo planeado? Tal vez sí sea lo que querés, pero no para ya, sino para más adelante en el camino. No es cuestión de darle largas al asunto, sino de valorar tus opciones. Sopesarlas.

Ahí, justo donde se acaba ese tramo predecible de nuestras vidas, contemplamos una bifurcación y todos los caminitos disponibles a nuestros pies. Posibilidades, oportunidades, opciones que podrían -o no- alterar el curso de nuestra existencia.

Agarrar el primer trabajo que salga, seguir de outsource, buscar una pasantía, tocar puertas intocables, continuar repartiendo CVs a diestra y siniestra, esperar que se abran las puertas o cuando menos alguna ventana, ofrecer tus servicios profesionales más seriamente y establecerte, unirte con un grupo de compañeros y rebuscarse entre todos, aprovechar este año sabático involuntario y aprender otro idioma, meterse otra vez a las aulas y sacar un técnico en otra cosa, poner un negocio en algo completamente diferente a lo que estudiaste, irse como au pair y cuidar hijos ajenos con tal de ver el mundo, aceptar la invitación de aquella tía para irse a su casa por un tiempo, desafiar la burocracia y meter papeles para irse becada a estudiar lo que sea adonde sea.

Sin importar cuál sea el caminito que contemple, antes de poner un pie en el sendero, el otro me tumba contra el suelo pensando en los peros, los pros y los contras.

Hay algo contradictorio en la angustia que me causa estar parada frente a la bifurcación del gran camino de mi vida. A veces, les seré honesta, me frustra sopesar tanta opción y martirizarme mentalmente con preguntas como "¿Y si ese camino no me lleva a ninguna parte?". Otras -muy, pero muy pocas veces-, respiro y me digo: "Tengo opciones. Aún si tomo esta ruta, más adelante habrán más opciones. Siempre hay desvíos y retornos".

Vicentico tiene razón: "Los caminos de la vida no son lo que yo esperaba, no son lo que yo creía, no son lo que imaginaba". No lo son, porque no quiero irme por lo supuesto y lo planeado.

Demasiado personal

Egoísta

martes, septiembre 15, 2009

Quisiera vivir en Yo-yo-landia

Me gustaría ser egoísta. Dormirme a la hora que se me venga en gana, levantarme a la hora que yo quiero o quedarme acostada hasta que mi cuerpo aguante. Que si un día decido que no quiero hacer nada, me pueda pasar toda la mañana viendo la tele en pijama, desayunar en mi cama un all you can eat de Choco Krispies y dejarla hecha un nido porque no tengo ganas de arreglarla. Sin sentirme culpable.

Me gustaría ser egoísta. Rehusarme a manejar, a hacer favores, a ir a pararme por media hora al banco, a acomodarme a los horarios de los demás. Que si me dicen: “Llevame al colegio ya porque ya estoy lista” o “vení traeme ya porque ya salí”, pueda responder: “No quiero”, “estoy cansada”, “estoy ocupada”, “esperame un rato”. Sin sentirme culpable.

Me gustaría ser egoísta. Imponer mi voluntad sobre los demás, mandar todo el tiempo, salirme siempre con la mía y jamás dar mi brazo a torcer ni someterme a los caprichos ajenos. Que si salimos a comer sea adonde yo quiero, a la hora que yo quiero, que ordenemos lo que yo quiero, que probemos lo que yo quiero. Sin sentirme culpable.

Me gustaría ser egoísta. Exigir que me dediquen tiempo, que me pongan atención cuando estoy hablando, que recuerden lo que digo. Que si nos reunimos a hablar, la conversación gire entorno a mí, que no me interrumpan mientras hablo, que mis interlocutores se muestren genuinamente interesados en lo que digo, como si importara. Sin sentirme culpable.

Yo, solo yo y yo. Yo, yo, yo.

Me gustaría ser egoísta y vivir en Yo-yo-landia, espacio geográfico donde el habitante principal es uno mismo, tirano soberano egocéntrico. “Yo” hace lo que quiere, cuando quiere, a la hora que quiere, adonde quiere y como quiere. Los demás no importan. Los demás no existen. Los demás son sumisos a los deseos de “yo”.

Yo, solo yo y yo. Yo, yo, yo.

Pero yo no puedo. Solo me gustaría. De vez en cuando. A veces. Algún día. Al menos por unas horas. Sin sentirme culpable.

Demasiado personal

¿Y si queda feo?

martes, septiembre 15, 2009

Pinturafobia

Tengo lienzos que nunca he usado, libretas de las que apenas he arrancado una hoja, acuarelas que dejé de usar cuando pasé una materia, pasteles que conservé después de terminar aquellas clases de pintura. Los acompañan los libros que mi mamá me trajo de Costa Rica, que en 4 años he hojeado tan solo una vez y que cuando los vi me dije: "Yo no puedo hacer eso".

No pinto porque pienso que me voy a sentir mal si queda feo, si pierdo toda la tarde para que al final no me guste, que habré desperdiciado diez centavos de los tubitos de acuarela, que un árbol allá en el Amazonas habrá sido talado en vano y que la ardilla a la que le quitaron el pelo para hacer el pincel sufrió la depilación por gusto.

No soy un talento que espera ser descubierto. No soy alguien que tenga "algo especial". Soy común y corriente, aunque tampoco tan mala como para clasificarme junto con las pinturas de dedo de los niños de parvularia.

Pero me gusta. Bueno, me gustaba hacerlo. Me relajaba -aunque en aquella materia de la U me estresaba (es más, creo que me traumó que el profesor me dijera que mi trabajo era "bueno, pero rígido")-. ¿No es suficiente razón para retomarlo?

Mucha gente tiene hijos todos los días porque les gusta y no andan pensando en si les van a quedar feos los bichitos. La mayoría de ellos tendrá un par más tratando de convencerse a sí mismos de que el próximo les saldrá más agraciado, que la práctica hace al maestro.

¿Por qué no puedo pensar igual y pintar otra vez? Lo peor que puede pasar es que se llene el basurero con los intentos fallidos. Lo mejor es que me guste, que lo disfrute, que me la pase bien haciéndolo y que quede “no tan pior”; que al final lo vea, sonría y diga: “Quedó bonito”.

Quizá sea tiempo de pensar en lo mejor que puede pasar y superar mi fobia.

Demasiado personal

Placer lingüístico

martes, septiembre 15, 2009

Aprender solo por aprender

Hablo un idioma que no hablo, que a veces leo y cuando lo escucho en algún programa o película me emociona solo corroborar que lo sigo entendiendo. Y sé que para hablarlo me tendría que ir de aquí. Y me pongo a pensar en por qué tendría que arreglar mis maletas y cruzar el océano para ir a hablar un idioma. Y pienso otra vez en para qué lo aprendí.

Lo aprendí porque alguna vez cuando era niña se me ocurrió la brillante idea de que quería ser políglota. Quería hablar inglés, francés, italiano y alemán, además de español. Mis papás me dejaron a mitad del camino; aquel librito Larousse de "Aprenda italiano" me entretuvo por unas cuantas semanas y algún día -cuando pueda pagarlas- iré a clases de alemán.

Cada vez que mi papá dice que debería aprender chino mandarín con patada voladora porque es el "nuevo idioma de los negocios", me dan ganas de decirle: "¿Y qué negocios se supone que voy a hacer?". Quizá quiere que hable chino para ordenar bien los wontons, chao mein y chop suy, así como abusa de mi paciencia cuando me trata como su traductora personal.

Entonces pienso, ¿para qué seguir aprendiendo idiomas que no voy a hablar? Dedicar horas al placer que siente la parte lingüística de mi cerebro al ser capaz de formular una frase coherente, pronunciar bien lo que a la primera parece un trabalenguas y regocijarme en que fui capaz de entender todo un párrafo en una revista o de hablar por 5 minutos con alguien.

¿Se puede devengar en placer lo que los demás ven exclusivamente como una inversión económica "para el futuro"? ¿Se puede aprender solo por aprender? Quiero creer que sí, para ignorar cuando me pasan factura y me insinúan que "fue POR GUSTO" si "no me sirve de NADA", porque mi satisfacción personal es ALGO y prefiero hacer las cosas por MI GUSTO.

Además, todo lo que se aprende es útil en algún momento u otro.
El mío simplemente no ha llegado.

Adultez

Del punto A al punto B

martes, septiembre 15, 2009


Sometimes I wonder about my life. I lead a small life. Well, not small, but valuable. And sometimes I wonder, do I do it because I like it, or because I haven't been brave? So much of what I see reminds me of something I read in a book, when shouldn't it be the other way around? I don't really want an answer. I just want to send this cosmic question out into the void. So good night, dear void.
Kathleen Kelly - You've got mail


A veces yo también me pregunto sobre mi vida

Es pequeña, de eso no hay duda. Mi contacto con personas fuera de mi núcleo familiar no sobrepasa aquellos amigos contados con los dedos de la mano y otras tantas que me quedan de mis tiempos de calcetas. Un contacto gratificante cuando se da, pero esporádico y a la carrera, cada quien en su propio mundo, con sus propios problemas y sus propias vidas.

¿Es valiosa? Sí, creo que sí. Hay casos, cosas y personas que no cambiaría, por lo feliz que me hacen, por el cariño que les tengo y por lo bien que me siento a su lado. Otros que con gusto dejaría afuera, por la toxicidad escondida en sus hipócritas buenas intenciones y porque no le aportan nada positivo a mi pequeña existencia, más que drama y tensión.

Pequeña, aunque valiosa, no me dejo de preguntar, como la heroína de la película, si lo hago porque me gusta o porque no he sido lo suficientemente valiente. Y entonces es como si hiciera un análisis de brecha de la vida que tengo y la vida que me gustaría llevar, la diferencia entre donde estoy y dónde me gustaría estar, el camino del punto A al punto B.

No quiero una vida de emoción y aventura a lo Indiana Jones, ni de lujo y glamour a lo jet setter. Tampoco quiero una vida enfocada a meditar en una nube de incienso tal cual monje tibetano, o confinada a la cocina y las manualidades tal cual Martha Stewart. Ni quiero ser una workaholic, poderosa mujer de negocios esclava del teléfono y la computadora.

Lo único que quiero es que los días no sean todos iguales, que las caras no sean siempre las mismas, que los paisajes cambien de vez en cuando, que los horarios no estén escritos en piedra. Que el tiempo que pase con alguien sea de calidad, que las conversaciones sean más amenas, que haga cosas para mí y solo para mí, que disfrute lo que hago.

¿Qué tan valiente se necesita ser para cerrar la brecha? No lo sé. Me imagino que tener claro cuál es la vida que se quiere para sí mismo es el primer paso. Pensar qué tendrías que hacer para llevar ese estilo de vida es otro. Pero finalmente decidirse a hacerlo y HACERLO… ahí está el detalle. Ahí entra la valentía y el coraje.

Dicen que la distancia entre dos puntos –A y B, X y Y-, siempre es una línea recta.

Conociendo A y B, soy lo suficientemente valiente para caminar en línea recta.

Demasiado personal

Un día anormal

martes, septiembre 15, 2009

... comienza así

He perdido la noción del tiempo. La forma en que determino qué día es se basa en el lugar adónde llevo a mi hermana y si mi mamá trabaja o no. Colegio y oficina equivale a lunes a viernes. La alarma suena a las 6, no termino de espabilarme, pero me cambio y bajo las gradas como zombie. Me meto al carro para que nadie tenga por excusa que llegó tarde por mi culpa y espero que las pasajeras que abordan esa unidad de transporte estén listas.

Arranco el carro y el día arranca también. El tráfico es pesado, el Gordo Max suena en la radio advirtiendo de huelgas, cierres de calles, accidentes y trabazones. Les voy preguntando qué van a hacer ese día, recordándole a una que pregunte por "x" tarea que no pudo entregar la semana anterior y dicéndole a la otra que no se le olvide que hay que pagar "x" recibo, por el cual seguramente a mí me tocará hacer fila en algún banco.

Se baja la una -que llegó tarde porque jamás salía-; se baja la otra -que por suerte alcanzó a llegar temprano- y termino la ruta. Me parqueo, sentada en el carro me aferro a la última canción que suena, contemplo mi vida vacía, suspiro, agarro la cartera, busco la llave y junto con ella el valor para salir y enfrentar mi día, que comienza una hora después del de aquellas a las que conduzco a una jornada de actividades, con horarios y gente con quién socializar.

Abro la puerta y ya no contemplo mi vida, sino el sofá de la sala que me invita a adoptar una posición fetal para mientras pienso en qué voy a hacer, qué no estoy haciendo bien y qué simplemente no estoy haciendo para salir de ese hoyo. Pensar no me lleva a ningún lado y la idea de que los ojos de la casa vean cómo me hundo en el hoyo negro del sofá me repugna lo suficiente como para que me levante y suba las gradas arrastrando los pies.

Pesados por el desgano me llevan a mi cuarto, caigo de espaldas a la cama, mis ojos se concentran en algún punto del cielo falso y mi mente se pierde tratando de encontrar algún patrón en los rectángulos blancos, luego en las cortinas de encaje, en las sábanas estampadas. Salgo del pasmo y busco el control remoto, enciendo la tele y me pierdo en los reruns de series noventeras. A veces me río, a veces ni siquiera me doy cuenta de cuándo se acabó el episodio.

Ahí, encerrada entre cuatro paredes donde no le estorbo a nadie, donde nadie me ve, donde nadie puede compadecerse ni burlarse, donde nadie se da cuenta, donde nadie pregunta, donde nadie se fija, donde a nadie le importa, a veces lloro, a veces ni siquiera me doy cuenta de cuándo se me salió una lágrima, seguida por otra y un ciento más.

Es un día anormal, repetido de lunes a viernes mientras aguardo por los días normales.

Demasiado personal

Desaparecida

viernes, septiembre 11, 2009

¿Lo habrá notado alguien?

En estos últimos días, en mis momentos en el túnel, y aún esta mañana cuando finalmente tuve la oportunidad de sentarme con tranquilidad frente a la pantalla y posar mis dedos sobre el teclado, sabiendo que iba a escribir, una extraña idea se asoma a mi cabeza.

Es intermitente esa idea, va y viene, aparece y desaparece, le doy más pensamiento y la vuelvo a guardar al fondo de mi gaveta mental. Algunas veces me parece lógica y razonable, las demás me parece que no estoy pensando claramente. Es una extraña idea a fin de cuentas.

"Me voy a desaparecer" asoma a mi cabeza. No, no es un impulso suicida. O sí. Tal vez sí lo es. Un suicidio social. "Voy a desaparecer", me digo. Voy a borrar mi facebook, mi twitter, mi blog... hasta voy a eliminar mi cuenta de msn.

Voy a contestar selectivamente mi correo y mi teléfono -si acaso alguien me escribe o me llama-. Voy a pedir que me nieguen en mi casa, que siempre digan "no está" aunque siempre esté ahí. Y si me hallan por la calle -si acaso salgo-, voy a hacerme la desentendida.

Todo para que nadie me encuentre. No porque me anden buscando. No. "Me voy a desaparecer para que me busquen", seguía razonando en mi cabeza.

Tal vez si no me encuentran, si dejo de estar disponible para cuando sea que me necesiten, se den cuenta de que siempre estoy ahí. A un post en el wall, a un mensaje, a un tweet, a un direct message, a un comment, a un correo, a un zumbido en el msn, a una llamada, a un sms al celular, a una señal de humo de distancia. Siempre estoy ahí.

No fue sino hasta hoy en la mañana, cuando esa extraña idea se volvió a asomar, que me dije: "Pero si ya estuve desaparecida todos estos días". Para algunos fueron días, para otros semanas, para otros meses.

Desaparecida. Desaparecida y nadie lo notó. Nadie lo notó porque nadie me necesitó. Nadie requirió de mis servicios, de mis favores, de mis ideas, de mis comentarios, de mis sugerencias.

No, por favor no me tomen por una persona necesitada de atención, que vive en "Yo-yo-landia", absorta en su egocentrismo. No lo soy. Solo soy humana y de vez en cuando se siente bien saber que alguien se acuerda de la existencia de uno.

Que lo necesitan. Que lo quieren. Que lo aprecian. Que no solo es útil. Que no solo está a la mano para que lo usen. Que no solo da, sino que también recibe.

En mente