Anatomía de una buena llorada

domingo, julio 25, 2010

Llore. Le hace bien.

A veces se llora al recordar a un ser querido que ya no está con nosotros. A veces se llora de risa, con carcajadas que hacen que hasta te duela la panza. He llorado incluso de furia, cólera e impotencia. Pero al final de cuentas, si lloro es porque me siento mal, porque me siento triste.

No sé cómo funciona el organismo. No le sabría explicar científicamente cómo los ductos lagrimales se las ingenian para que nos salga agua de los ojos. El título de esta entrada es un poco de publicidad engañosa, pero no se me ocurrió otra cosa para nombrar lo que estoy a punto de describirle. Es cómo "pasa" una buena llorada. De esas que el cuerpo y el alma necesitan tener cada cierto tiempo para descomponerse y luego recomponerse.

Empieza con un pequeño goteo. Una lagrimita que se asoma al ojo muy de vez en cuando, como quien desafía al orgullo y busca urgentemente quebrantarlo. Con los días, a medida que el pesar va creciendo, cuando todo se ve más oscuro, el goteo se va convirtiendo en un chorrito que uno se enjuga rápidamente de los cachetes. Un lloriqueo lastimero que no pasa de uno o dos minutos, y más que despejar la mente, la congestiona.

No es sino hasta el momento en que las compuertas de la presa se abren y dejan salir agua por borbotones, que se libera toda la tensión de ese estado anímico angustioso, de pena, de dolor, de tristeza. Es casi mágico; cómo todas las preocupaciones, lo que se pensó y recontrapensó, lo que se dijo y lo que se calló, lo que se sintió o se dejó de sentir, todo sale en estado líquido. Es como si las lágrimas lo lavasen todo. Sublime.

Y al día siguiente, con los ojos tan hinchados que es casi imposible negar que has dado una gran llorada, con un poco de fortuna, todo se verá más claro. Ves en retrospectiva aquello que te dobló las rodillas y te puso a llorar, y tal vez pienses que sacaste todo de proporción, que lo que tanto te hizo sufrir no fue sino algo que imaginaste, o que ni siquiera valió la pena. Ves hacia adelante y dices "¡Yo puedo conquistar esto!" y te sientes inhabitualmente optimista o enfrentas lo que te espera con calma y serenidad.

Yo apenas voy entrando a la fase del goteo. El nudo en la garganta me lo indica. Vamos por partes supongo. 

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