Viajes

Manhattan de vértigo

miércoles, agosto 31, 2011

Alguien tuvo a bien preguntarme qué se sentía estar en medio de los grandes edificios. La verdad es que nada.

A menos que andes todo el tiempo viendo para arriba, so pena de terminar con un gran dolor de nuca, fácilmente se te olvida que eres una hormiga, un punto de color caminando por ese laberinto de juego de PacMan que visto desde arriba parece escenario constuido con billones de legos.

Ahora pregúnteme qué se siente estar arriba. Estar arriba es lo que realmente vale la pena. Llegar al piso 67 del observatorio del Rockefeller (Top of the Rock, calle 50) y apreciar una vista insuperable de Manhattan tal cual sale en el mapa, con el parque al norte, el Empire State al sur, el río Hudson al oeste y los puentes de Brooklyn, Manhattan y Williamsburg al este, te deja con los ojos (y boca) bien abiertos. En mi opinión, el Top of the Rock supera al Empire State en cuanto a vista- después de todo, el Empire State solo se puede ver bien desde el Rockefeller Center.

Eso no significa que no valga la pena visitar el Empire State... si decidiera lo contrario, probablemente sería el único turista en hacerlo, porque el jueves que nosotras fuimos parecía que absolutamente todos los visitantes de la gran manzana estábamos haciendo fila para subir hasta el piso 86 del edificio que más rasca los cielos en NYC (el más alto, pues). Si a usted le pareció romántica la película "Sleepless in Seattle", déjeme decirle que sería absolutamente imposible que Meg Ryan llegara a tiempo al observatorio para encontrarse con Tom Hanks. ¡Hay demasiada gente! El tal "Empire State of mind" se debería referir a darse de codazos con los demás turistas para que te dejen ver.

Claro, hay otras formas de ver el skyline de Manhattan. Algunas ni siquiera involucran caminar. Puede tomar un crucero de 2 horas para circunnavegar Manhattan de oeste a este  (y de revira contra) y de paso ver la Estatua de la Libertad y los puentes B-M-W, mientras escucha al conductor bonachón explicar cómo se llama cada barrio, adónde estaban las Torres Gemelas y cuántos millones cuestan algunos edificios. 

Si decide caminar por el FiDi (Distrito Financiero) al sur de la isla, ya sea porque quiere ver el Ground Zero -ya el 12 de septiembre inauguran el memorial de las víctimas del 9/11- o porque le da curiosidad Wall Street o NYSE, seguro encontrará que sus calles son más pintorescas, una mezcla de edificios antiguos con obras modernas (como el nuevo World Trade Center) en medio de unas calles "torcidas": ya no más la cuadrícula perfecta del midtown y uptown Manhattan.

Si ya caminó lo suficiente como para llegar al borde de Manhattan, otra opción es que se atraviese el puente de Brooklyn. Lo que las guías de turismo recomiendan es caminar de Brooklyn a Manhattan para ver el skyine, pero el orden de los factores no altera el producto. Igual caminará por 40 minutos y puede ver para ambos lados si usted quiere. Si el ejercicio lo asusta, aún en el puente hay gente vendiendo agua y otras bebidas energizantes. Eso sí, vayase en su carril, el de los peatones, no sea que lo pase llevando un ciclista.

Como verá, Manhattan tiene más de un ángulo desde donde ser apreciado. Cada uno es una experiencia completamente diferente. De vértigo.

Viajes

Cómo llegar a Washington DC y no desfallecer en el intento

viernes, agosto 26, 2011

Ir al DC por un solo día fue desde el principio un capricho sin qué ni para qué. De esas cosas que se hacen solo porque sí, porque (uno cree que) se puede. Lo que no sabía es que esas escasas 17 horas en la capital estadounidense traerían consigo las lecciones de vida -y de viaje- más valiosas.


Lección 1. No hay que tenerle miedo al metro. 
El metro es tu amigo y te ayuda a que no se te desgasten las suelas de los zapatos. Ese jueves cuando salimos del Met, aún desorientada por ser el segundo día en la ciudad, pensé que era mejor caminar hasta Penn Station. Estando el Met en la 82 y la estación en la 34, vaya usted a saber en qué cabeza se me ocurrió que sería mejor caminar esas 49 calles y 3 avenidas. Viéndolo del lado amable, ese jueves nos recorrimos buena parte de la quinta avenida hasta llegar al mítico Hotel Plaza. Andábamos turisteando de todas formas, ¡ve chis!

Lección 2. No hay que creer todo lo que se lee en internet.
Resuelta a ir a Washington DC de la manera más económica posible y siguiendo el consejo de mi papá y esposa de "viajar de noche", me topé con el sitio web de Greyhound. El bus se suponía pasaba por la 34 con la 8a., pero al no ver por ninguna parte adónde se compraban los boletos (y después de haber caminado ya 49 calles), bajamos a Penn Station a preguntar solo para descubrir que todos los buses en Manhattan salen desde Port Authority -algo así como nuestro Puerto Bus-, que queda en la 42. Otras ocho calles más que caminar, con el reloj marcando las 7, sin boletos para un bus que salía pasadas las 8 p.m.

Lección 3. En verdad, ¡no hay que creer todo lo que se lee en internet!
Port Authority, dos kioskos de la Greyhound después y ningún ser humano que te atienda. Acá todos los boletos se compran en máquinas, pero a las máquinas no se les puede hacer preguntas, y esta me está diciendo que no hay boletos y que el bus es un express que llega en cuatro horas al DC, cuando en internet leí (y hasta imprimí) claramente que había un bus que hacía varias paradas y llegaba de mañana después de 13 horas de viaje. Voy a la oficina de la par, donde anuncian que venden boletos de Greyhound, y logro comprarlos a falta de una hora. Pero es en el bus express y nosotras no tenemos a nadie esperándonos en Washington y mi teléfono no ha funcionado todos estos días.

Lección 4. El BBM es una gran cosa
Ya es medianoche. El bus es cómodo y hasta logré dormir un poco. Llegamos a la estación en el borde de Maryland y al leer "Free WiFi" se me ocurre encender mi teléfono. Conecta, ¡conecta! Me caen un puñado de correos y le escribo rápido a mi progenitora relatándole la situación: llegaremos en una hora, no más, al DC y no tenemos ni puta idea qué vamos a hacer. Saco mi guía de turismo, esa que te envían por correo al solicitarla, la ilumino como puedo y busco hoteles: entre menos signos de dólar tenga a la par del nombre, mejor. El bus llega a su paradero y no hay más WiFi, pero por lo menos alguien sabe adónde estamos. 

Lección 5. Washington DC es el lugar donde menos desearás estar después de la medianoche
Cuando vas en el bus todo es lindo. La ciudad dormida y el Capitolio iluminado. Al bajar, la situación es completamente diferente. No ubico en el mapa adónde estamos. Sé que estamos en la estación de Greyhound, pero no sé adónde. Lo único que investigué de Washington era la Union Station, de donde salen los buses turísticos y se supone que estamos cerca. 

Salimos en medio de la negra noche y me siento más insegura que si me dejaran tirada en el Centro de San Salvador a la misma hora. Hay gente durmiendo en la calle, otros se te acercan invadiendo tu espacio personal para pedirte u ofrecerte cosas, una trabajadora del sexo y un cliente (o su proxeneta) se pelean en una esquina, no hay a quién pedirle ayuda. 

Pronto hacemos grupo con unas chicas -venezolanas, asumo- que buscan Union Station. Empezamos a caminar por 10 ó 15 minutos hasta que llegamos al costado de la estación. Todo está cerrado, los únicos ahí son el personal de limpieza, quienes automáticamente nos hablan en español y nos dicen que tenemos que regresar mañana. Nos dirigimos a la entrada principal a buscar un taxi y de nuevo lo mismo: gente durmiendo en la calle, otros se te acercan invadiendo tu espacio personal para pedirte u ofrecerte cosas...

Lección 6. Los ángeles sí existen
Las venezolanas se pierden. Nosotras nos quedamos sin saber qué hacer. En la guía encontré un hotel, pero acá ningún taxista se ve confiable. Un hombre acomoda una fila que nombra "el lugar adonde quieres estar para conseguir un taxi seguro". Dubitativas hacemos fila al fondo, como quien quiere ganar tiempo para analizar la situación. 

Una mujer (blanca, muy bonita por cierto, sosteniendo una cartera naranja que parece ser de Birkin y un ramo de flores) se nos acerca y nos pregunta "Do you guys know where you're going?". "I'm not sure", le respondo. Le digo que buscamos un hotel pero que no conocemos la ciudad. Ella saca su iPhone y dice que sabe de uno que está muy cerca. Lo busca en el mapa, me pasa su teléfono y me dice que llame para preguntar si hay habitaciones. 

Decide que nos vamos a ir con ella, que compartamos un taxi y que nos dejará enfrente del hotel. Para ser tan desconfiada no sé cómo me fui con ella. El hotel en verdad estaba muy cerca de la estación, pero advertidas de que no era aconsejable caminar solas a esta hora, preferí hacerlo. Solo sé que si hubiera pasado 10 ó 20 minutos más en esa estación vacía, no sé qué habría hecho. 

El taxímetro marca $4.00, yo le doy un billete de a diez y le digo que se quede con el cambio. No lo acepta y nos toma los míseros $2 que teníamos más a la mano, bajo la condición de que le ayudemos a alguien que esté perdido en El Salvador. Nos desea un buen viaje y se va en el taxi. 

Lección 7. Gracias a Dios por la persona que se inventó la tarjeta de crédito
Ya estamos en el hotel, pasan de las 2 a.m. Pedimos una habitación y la recepcionista se nos queda viendo con cara de what. Saco la Visa, como quien quiere que lo tomen en serio y funciona. Me pregunta si soy mayor de edad y le digo "I'm 25!". Me pide mi ID y le doy el DUI. Sin más ni más estamos registradas en el Hyatt. Subimos a la habitación, busco la cama y me siento en la gloria. Buscamos en nuestras carteras algo qué comer y le agradezco al cielo que se me haya ocurrido meter el triple de todo, porque con eso desayunaremos también. Yo soy anti tarjetas de crédito, pero por esa noche de verdad dije "Porque la vida es ahora".

Lección 8. Los buses turísticos son la mejor manera de ver Washington DC
Sí, buses. Rojos. De esos que tienen dos pisos. El de nosotras costó $35 por persona y permitía bajarse y subirse las veces que quisiéramos, tres circuitos diferentes y hasta incluía un tour en barco por el Potomac. Después de comprar los tiquetes de tren para el regreso del domingo, empezamos nuestro viernes casi a las 11 a.m. (la camellada de la tarde anterior nos dejó muertas). El Capitolio, la Casa Blanca, el memorial de fulano, sutano, mengano y perencejo, todos los vemos bajo el sol abrasador, así como varios de los museos Smithsonian. Nos bajamos a saludar a Lincoln y trato de imaginar a Forrest Gump corriendo por la reflecting pool (que por motivos de mantenimiento está vacía). En verdad los buses son la mejor manera de ver el DC: no hay mejor forma para movilizarse. Acá las calles son gigantes, comparadas con las de NY, y las distancias entre un lugar turístico y el otro son enormes.



Lección 9. La mayoría de los Smithsonian son gratis
Evítese la insolación y métase a un museo. Nosotras fuimos al de historia americana estadounidense, pero usted se puede tomar el tiempo para ir al de historia natural, al del aire y del espacio, al del holocausto, o incluso al de los nativos americanos. La sorpresa más grata fue descubrir la carta de Charles Liteky a Ronald Reagan deseándole que un día despierte escuchando a los pueblos de Guatemala, Nicaragua y El Salvador: "They're crying STOP KILLING US".

Lección 10. Vale la pena visitar el Newseum
No, este no es gratis. Pero si usted es un curioso del campo de los medios de comunicación, es un dinero bien invertido (la entrada es válida por dos días). Una de las exhibiciones más interesantes eran las fotografías ganadoras del Pulitzer. Según mi compañera de viaje: "hay fotos que ves que no te imaginabas que podían tomarse, situaciones que no te habrías imaginado en foto". Hasta a la persona más reacia a "un museo sobre noticias" se divertirá y no querrá irse del recinto.

Viajes

El MET a vuelo de pájaro

viernes, agosto 26, 2011

Te voy a decir cómo NO ir al Met: no vayas un jueves faltando 2 horas y media para que el museo cierre. Pero si en dado caso te encuentras en esa situación, trata de disfrutar todo lo que el tiempo te permita. Algo así como "Si la vida te da limones, haz limonada".

El Museo Metropolitano de Arte (Met) se encuentra a un costado de Central Park, frente a la quinta avenida, en la que se conoce como "La milla de los museos" (Museum Mile), donde también encontrarás el Guggenheim -una deuda pendiente-, el Whitney y la Colección Frick, entre otros.

El precio sugerido de admisión es de $25 (1) y la palabra acá es "sugerido": los museos públicos de NY te recomiendan cuánto pagar, pero tú decides cuánto donar. Podrías pagar $1 ¡e igual te dejarían entrar!, pero claro, hay que ser muy caradura para ahorrarse esos $24 que, en mi opinión, la visita los vale (2)

Las palabras "museo de arte" intimidan a cualquiera, pero que no te detengan de dedicarle, si es posible, todo un día al Met -como era el plan original-. A lo que sí le debes temer es a la inmensidad del recinto y la facilidad con la que te puedes desubicar al interior de cada exhibición.

Nuestro ajetreo por el Met comenzó en las galerías de arte medieval, con los tesoros bizantinos y mil y una madonas con el niño. ¿Cómo se llamaba todo lo demás y qué era qué? No me lo pregunte, que sin darnos cuenta nos quedamos atrapadas en el laberinto y por momentos caminábamos en círculos. 

Llega un punto en que es inútil buscar en el mapa para dónde ir o adónde cruzar. Es mejor levantar la vista e ir descubriendo qué hay detrás de cada puerta o a la vuelta de cada esquina. Así hallamos el arte griego y romano: las columnas, los bustos, las esculturas, la cerámica, la alfarería... y solo se me vino a la mente la clase de estilos artísticos con Carmen González Huguet. Otras las encontramos de pura chiripa, como el autorretrato de Van Gogh. Todas, absolutamente todas las exhibiciones que descubrimos, valieron la pena.



En verdad para ir al Met solo te puedo dar el mejor consejo que me dieron por ahí y que, confiada en que habría más tiempo que vida, no seguí al pie de la letra: anticípate a que difícilmente podrás verlo todo y decide antes qué es lo que más te interesa ver. Para muestra, a pesar de que in situ decidimos no entrar a las 54 salas de arte asiático, para cuando hallamos dónde estaba el arte egipcio, ya no te dejaban entrar (3).

Siendo realistas, aún si tu visita fuera de seis horas, tal vez no lo veas todo, tal vez te canses (rara vez te toparás con una banca), tal vez te abrumes, tal vez te termine de desesperar que haya 20 japoneses alrededor del cuadro que quieres ver y que nunca se quitan, tal vez para tu compañera de viaje el arte no sea lo suyo.

Tal vez solo hay que absorber y asimilar lo que tienes enfrente. Tal vez hay que regresar. Más preparada y con más calma, para que no te atrape la vorágine del Met.

(1) Al comprar tu entrada también tienes derecho de admisión el mismo día en The Cloisters -otra deuda pendiente-, otra rama del museo donde tienen arte y arquitectura medieval europea (eso sí, está hasta la calle 190 en el lado oeste).
(2) En mi caso, antes de irnos había comprado el New York CityPass por internet ($80 por adulto), con el que tienes acceso a seis atracciones:  el Museo Americano de Historia Natural, el MET, el Museo de Arte Moderno, el Empire State, la Estatua de la Libertad (eliges entre ir a las islas en ferry o hacer un crucero de dos horas circunnavegando Manhattan), y tu elección entre el observatorio del Rockefeller (Top of the Rock) y el Museo Guggenheim. Además de ahorrarte plata, te ahorras tiempo porque te saltas la fila para comprar las entradas y en algunos lugares te incluye atracciones especiales por las que tendrías que pagar, además del precio de admisión, una tarifa especial (como el show del planetario en el AMNH).
(3) En las exhibiciones especiales podrías toparte con enormes filas. Queríamos entrar a ver la colección de Alexander McQueen pero la fila le daba LITERALMENTE la vuelta a todo el museo. Habríamos tenido que hacer fila por al menos una hora para entrar.

Fútbol

Los 90 minutos del deporte más hermoso del mundo

miércoles, agosto 24, 2011

Pasan de las 5 de la tarde; el partido comienza a las 8:30 p.m. pero no estoy segura de cómo llegar a Nueva Jersey. Ya me he paseado por medio Central Park con mi camiseta roja, esa que solo me había puesto para la final de la Champions. De vuelta en Penn Station, el hormigueo humano de las horas pico es aún peor. Es hora de separarnos, que mi cita con el Manchester United es personal

Sé que tengo que tomar el PATH pero no lo veo anunciado por ninguna parte. Veo el mostrador de NJ Transit y a un trío con camisas similares a la mía, y me invade el alivio momentáneo de que alguien me dirá cómo llegar al Red Bull Arena. "Tome el tren en ese andén (lo señala con el dedo), bájese en la segunda parada y pregunte en la estación". Agarro mis tiquetes y me pierdo entre la gente que camina con prisa hacia el tren.

A todo esto no sé cómo se llama el tren. Él me dijo que me subiera a este y así me subí. Pero no leí cómo se llamaba. Ni pregunté. Solo me subí. Va más topado que una coaster de la 101B después de las 5. Me quedo cerca de la puerta y dudo acerca de si debería bajarme y corroborar que estoy en el tren correcto. Le preguntó a alguien más pero su respuesta no me deja convencida.

El tren ya va en marcha y las piernas me tiemblan. No sé si es por las 23 calles que caminamos o si estoy nerviosa porque no sé si me equivoqué de tren. Me tengo que bajar en... ¿dónde me dijo que me bajara? En la segunda parada que no sé cómo se llama porque tampoco se me ocurrió preguntar. Rápido deduzco que este tren va para Newark, por eso hay tanta gente con maletas. Y repaso mentalmente si en las instrucciones que leí sobre cómo llegar al estadio decía algo de estar cerca del aeropuerto.

Se abren las puertas en la primera parada. Ya voy a llegar, pero no sé adónde. El tren sigue su camino y en cuestión de minutos alcanzo a ver el estadio a lo lejos. Me regresa el alma al cuerpo. Perderme para ir al estadio no es una opción. A fin de cuentas por esto, ESTO, vine a Nueva York. El estadio queda atrás y se me desdibuja la sonrisa y me vuelve la cara de aflicción. Es el turno de bajarse. 

Llego a la estación de Newark Penn -resulta que así se llama-. Esta estación es bonita, no es como la otra Penn. Le da un aire a la Union Station que vi en las fotos tratando de armar un viaje del día a Washington DC. Busco a alguien uniformado y le pregunto cómo llegar al estadio. Dice que puedo caminar pero que hay que atravesarse el puente, o subir a tomar otro tren. Después de pelear con la máquina de los tiquetes que me robó $1.75 estoy a bordo del PATH.

Me bajo en la estación de Harrison, me confundo entre las otras camisas rojas y empiezo a caminar con la emoción de Harry Potter cuando va al mundial de quidditch. Son cuatro cuadras para llegar al estadio pero apenas se sienten: hay tanto por observar. Thierry Henry es un ídolo acá, todos los niños andan la 14. Hay menos latinos de lo que esperaba, o mejor dicho, hay más gringos.

Para ser en el extranjero mi primera visita a un estadio, cualquiera pensaría que la experiencia sería ajena a la idiosincrasia de cualquier tarde en el Cuscatlán apoyando a la Selecta. Piense de nuevo. 

No he llegado al estadio cuando en las aceras encuentro hombres que se ofrecen para comprar mi tiquete. ¡Acá también hay reventa! La calle que lleva al estadio está llena de algarabía, los patrocinadores te regalan cosas, hay juegos, carros de comida que en lugar de hotdogs venden arepas y churrasquería (1). 

Faltan más de dos horas para que arranque el partido pero entro al estadio, busco mi asiento y me resigno a que veré a mis jugadores tamaño hormiga, pero no me importa. En esas dos horas veo las nubes cambiar de color, me percato de que los anuncios del estadio son bilingues (para los angloparlantes ponen a Titi, para los latinos a Rafael Márquez), de que los gringos comen maní como si estuvieran en un partido de béisbol, de que una botella con agua cuesta $6 y una cerveza $7, me entretengo viendo camisetas de jugadores pasados como Van Nistelrooy y ninguna de Cristiano Ronaldo.  

Hasta que a las 7:49 p.m. saltan a la cancha Vidic y compañía para calentar. ¡Al fin!

Es casi sublime saber que están ahí, en carne y hueso, en el mismo lugar, sin cámara de televisión de por medio... que por un momento casi no me la creo. Juego a distinguir quién es quién pero sin las dorsales es prácticamente imposible atinar. Pero están ahí y yo también y eso es todo lo que importa. 

Recuerdo que estoy en un partido de la MLS y no en uno del Manchester United per se cuando salen sus estrellas a calentar. Los anuncian con la fanfarria del béisbol y dejan a la máxima figura hasta el final. Dicen su nombre como si se tratara de un redoble de tambores: "¡Daaaaaviiiid Beeeeeckham!" y me emociono recordando sus años en el Man United. 

Alrededor mío casi todos son fanáticos de los Red Bulls. La mayoría son gringos y no lo digo de manera despectiva, sino de franca sorpresa. No tenía idea de que el fútbol -ellos le dicen soccer, el resto del mundo le decimos fútbol- hubiera crecido tanto en Estados Unidos. Y no ha sido por David Beckham, que conste. 

Pero un recordatorio de que estoy en los Estados Unidos de (Norte) América llegaría en el kickoff. La parafernalia con que se canta el himno es un verdadero objeto de estudio para la sociología. Nadie en realidad CANTA el himno, solo se emocionan porque hacen un círculo de bomberos que sirvieron (o no... nunca lo especificaron) en los ataques del 9/11 y al finalizar la música gritan desaforados "¡USA! ¡USA! ¡USA! ¡USA! ¡USA!" como si fuera un campo de batalla. Yo no grito nada, solo me les quedo viendo de la manera más disimulada que se me ocurre.

Ya casi son las 9. Ambos equipos salen ataviados al terreno de juego. Hoy sí sé quién es quién y me lamento no ver en la alineación a Ryan Giggs, mientras la ausencia de Chicharito me sorprende (después sabría que era por motivos médicos). Suena un himno ¿? (de la MLS supongo), pero en mi mente tarareo el de la Champions... es que así lo he visto siempre en la tele.

Suena el pitazo inicial y comienzan  los 90 minutos del deporte más hermosos del mundo, en vivo por primera vez en 9 años.

Soy muy mala narrando partidos. Solo le puedo decir que, de los cuatro, mi gol favorito fue el de Ji Sung Park, quien ganaría el MVP esa noche. El coreano es magnífico. Él y Dimitar Berbatov fueron para mí las sorpresas más agradables de la noche. También descubrí por qué Wayne Rooney siempre se maneja una cara de enojado: al menos en el Red Bull Arena retumbaron los gritos de "Rooney sucks! Rooney sucks!" en un par de ocasiones. Incluso escuché al tipo que tenía atrás gritarle que tenía síndrome de Down. Ves, hay cosas que nunca cambian, sin importar en qué país esté el estadio.

Lo que sí es cierto es que, aunque ellos le digan "soccer", todos gritamos gol. Bueno, al menos los visitantes. Gritaría cuatro veces "gooooool", cada vez con menor timidez que la anterior, y en ocasiones celebrando con el vecino de la par -con quien también lamentamos oportunidades desperdiciadas-. 

Los 90 minutos pasaron, cuatro goles se encajaron, Vidic levantó el trofeo por segundo año consecutivo y a Park lo nombraron el jugador más valioso. Era hora de salir del estadio con una gran sonrisa, y no lo haría sola, sino con 24,999 personas queriendo tomar el tren o caminando hacia el parqueo.

¿Cómo comprobar que aquello de que Nueva York es "la ciudad que nunca duerme" no es un cliché? Tome el tren de Babylon en Penn Station a las 00:38 a.m. y dese cuenta de que alrededor suyo hay al menos un centenar de personas esperando en la estación.

Ahora solo me falta ir a Old Trafford.

(1) A la salida me toparía con ventas de espadas luminosas, camisetas y bufandas pirateadas, fotos "autografiadas" y hasta mango con chile. 

Viajes

Perderse y encontrarse en Central Park

miércoles, agosto 24, 2011

Si hay algo que debes saber para movilizarte en Manhattan es que Central Park divide la cuadrícula perfecta de la ciudad en este y oeste, y la atraviesa desde la calle 59 hasta la 110. No hay otra forma de internarse en el parque que teniendo aunque sea una vaga idea de qué quieres ver.

Verás, perderse en un parque de 4 km de largo por 0.8 km de ancho no debe ser nada agradable, así que no está de más investigar adónde está cada cosa. Y sin embargo, hasta al más hábil de los lectores de mapas le puede dar por perderse y encontrarse en Central Park.

Al salir del AMNH, en parte abrumadas por la muchedumbre, decidimos aventurarnos y entrar al parque. Después de 10 minutos que se sintieron eternos, caímos en la cuenta de que estábamos en la calle equivocada (1): el parque estaba ahí, pero detrás de muros que parecían no tener fin... ni puerta por donde entrar.

Por un momento pensé que llegaríamos involuntariamente a la quinta avenida, cuando de chiripa encontramos unas gradas escondidas detrás del muro. Nos atravesamos la calle, las subimos y ahí estaba el estanque de tortugas y el Castillo Belvedere.  



El primer vistazo al parque te deja sin palabras y por primera vez en todo el día escuchas la brisa en el silencio. La paradoja de tanto verde en medio de los rascacielos te causa algo de gracia, porque los edificios no dejan de estar ahí. Los verás hasta donde tu visión te permita, pero agradeces que el ruido sí se aleje, que no sientas que hay otras 8 millones de personas en la isla -sin contar a los turistas, como tú-. 

Bajas del castillo y te internas en The Ramble ("El Paseo" que más bien debería llamarse "El laberinto"). Así hallamos el lago y la gente remando en los botecitos, el puente del arco, la fuente y la terraza de Bethesda, músicos, artistas vendiendo sus cuadros -otros vendiendo fotos de Justin Bieber (WTF?)-, carritos de hotdogs y pretzels que te anuncian cuántas calorías estás engullendo.

Aún si vas con mapa en mano -puedes conseguir uno en el castillo-, no esperes encontrar señalización alguna que te indique adónde estás, pero no te preocupes, que perdido no andas: simplemente no te has encontrado.

Es imposible conocer Central Park en una sola visita, pero merece que le dejes un par de horas o una tarde para descubrirlo (2). Lo seguro es que todo lo que halles te gustará... con la excepción del mal olor que dejan los carruajes tirados por caballos que tan románticos se ven en las películas.
 
(1) La calle 79 donde el tráfico atraviesa el parque... Ahora entientes por qué te hablé de la posibilidad de perderte y no encontrar los accesos de entrada al parque.
(2) Hay quienes viven en NY y nunca han entrado al parque, como habría de descubrir después. En verdad es una pena, al menos a los ojos de los turistas que vivimos en países que carecen de espacios públicos que estén en buen estado y sean seguros.

Viajes

Hormigueo humano

martes, agosto 23, 2011

Una no termina de dimensionar el significado de la expresión hustle and bustle hasta que se baja del tren en Penn Station. Toda la calma se rompe al abrirse las puertas y solo ves cómo salen disparados los demás pasajeros. ¿Adónde irán? ¿Por qué van tan rápido? Más que hormigueo humano, pareciera que los humanos tienen hormigas allá por donde no les pega el sol... de las rojas ¡y bravas! 

Todos caminan con prisa en esta ciudad de topos. No hemos salido ni siquiera de Penn Station cuando la gente ya se mueve como si fueran puntos de colores en un juego de PacMan. Nosotras caminamos lento, pero con prisa. Lento porque es miércoles 27 de julio, el primer día que venimos a la ciudad. Queremos ir al American Museum of Natural History (AMNH), pero no estamos seguras de cuál es el metro que debemos tomar. Tanto que planeé y a la hora de las horas no me acuerdo.

La multitud no coopera. Aquí todo el mundo anda estresado, ¿sabes? Todos deslizan su Metrocard y cuando la luz se pone en verde es como si escucharan el disparo de salida de la mismísima maratón de Nueva York. Días después presenciaríamos cómo un hombre perseguía a otro por las escaleras eléctricas porque lo empujó de la prisa que llevaba, mientras le grita profanidades. Es que acá las escaleras eléctricas también se suben o bajan corriendo y a una le toca hacerse a su derecha, no vaya a ser que te pasen llevando.

Damos con la plataforma del tren, deslizamos la Metrocard y nos disponemos a esperar el subway junto con otras 20 ó 30 personas quizá... nada fuera de lo común para ser la primera vez que nos subimos al metro.  Calle 81, hay que bajarse y aquí nos separamos los turistas de los locales. Es difícil de determinar, pero a simple vista los museos los llenamos los turistas, aún aquellos que vienen de otros estados. El AMNH no es la excepción.

Subimos al nivel de la calle y por primera vez vemos la ciudad, esa masa verde que conforma Central Park, el cielo azul, los taxis amarillos y de nuevo los puntos de colores del juego humano de PacMan. Al fin respiramos aire puro smog y no el vapor subterráneo. La fachada del museo que da a Central Park West la están restaurando, pero no le resta al imponente edificio.

Si el gentío de Penn Station te pareció una multitud, espera a que entres por la rotonda dedicada a Teodoro Roosevelt. Un enorme fósil te dará la bienvenida, junto con las largas filas para comprar las entradas. Y así hallarás multitud tras multitud queriéndose tomar fotos con los elefantes (WTF?), con los dinosaurios o haciendo fila para el show del planetario (uno de nuestros favoritos). Al final te dará la impresión de que todos toman miles de fotos pero nadie parece ver nada.



Habrá a quienes ni siquiera les llame la atención, pero seas un gran aficionado de la ciencia y la historia natural o no -yo soy de las últimas-, la visita vale la pena una vez en NYC.

Lo que debes esperar del AMNH son exhibiciones de las culturas del mundo ("La gente de México y Centroamérica" apenas tiene una o dos vasijas presuntamente de El Salvador), animales disecados (sobre todo mamíferos de África, pero también hay pájaros) y, por supuesto, los dinosaurios que ocupan la mayoría del cuarto piso. 

Estos para mí fueron de lo más curioso, ir leyendo las viñetas de cómo habían encontrado los fósiles, hombres que dedicaron su vida y fortuna a explorar el mundo, de cómo se dieron cuenta de que habían armado mal al tiranosaurio rex... ¡Hasta aprendí que los pájaros y los dinosaurios están emparentados! Y claro, es donde más gente encontrarás, lo que es una lástima porque las exhibiciones de culturas también son muy interesantes (si bien me puse a pensar cuántos de esos objetos habrían sido saqueados de su país de origen para pasar a coleccionistas privados y luego al museo).

¿Te había dicho que son cuatro pisos de exhibiciones? Tal vez debas dedicar al menos tres horas para recorrer todo el museo, aunque llegará un momento en que quieras salir corriendo de lo abarrotado que está -especialmente de niños-. Entonces te sugiero que te atravieses la calle y te internes en Central Park. 

Viajes

This is the train to Penn Station

martes, agosto 23, 2011

A menos que seas un pariente lejano de Rockefeller, una estadía de dos semanas en NYC puede resultar inalcanzable para el bolsillo. No estamos hablando de hospedarse en el Plaza; pero encontrar un hotel "bueno, bonito y barato" es prácticamente imposible en el verano cuando el hormigueo humano se apodera de Manhattan. Entonces, ¿qué hacer?

Con algo de suerte conoces a alguien en NY, te invitarán a quedarte con ellos y te recibirán con los brazos abiertos, a pesar de haberlos visto una tan sola vez en tu vida. Probablemente esos familiares o amigos no viven en Manhattan, sino en el Bronx, Queens, Brooklyn o Long Island (LI)... ya sabemos que hay salvadoreños en todas partes. Mis anfitriones viven en el condado de Suffolk, LI.

El tren de Babylon, operado por el Long Island Railroad (LIRR), toma aproximadamente una hora en llevarte a Penn Station, el corazón del tránsito de Manhattan, por el no tan módico precio de hasta $13.50 si viajas en horas pico ($9.75 si esperas hasta después de las 9 a.m.). La duración y el costo del viaje dependen de en qué estación lo abordes: entre más al este de LI esté el punto de partida, más costará tu boleto y más tiempo te tomará llegar a la ciudad.

Aquí es cuando todo se vuelve relativo para el turista que viaja con un presupuesto. Si te vas a quedar pocos días, te aconsejo pagues un hotel -si no en Manhattan, al menos en Queens-, ya que solo necesitarás desplazarte en el metro. Pero si tienes adonde quedarte en otro punto que sea accesible a la ciudad, considera incluir en tu presupuesto $20 diarios para ir y venir de Manhattan... en lugar de los $100 que te puede costar una noche de hotel "barato" durante la temporada alta. Todo depende de qué es lo que quieras y de qué puedes y estás dispuesto a pagar.

La pregunta es si realmente hay una temporada baja en NYC. Primavera, verano, otoño, invierno... el mismo hormigueo humano. Al final de cuentas uno viaja cuando puede y eso por lo general coincide con las vacaciones: Semana Santa, agosto, navidad... todas son temporadas altas.
Cubierta nuestra clase de Turismo Económico 101, el LIRR no es tan malo como lo pintan. Si te has subido a un bus o coaster en El Salvador, el tren te parecerá tanto o más cómodo que viajar en el desaparecido Concorde. Una vez te memorices los horarios del tren (1), y aprendas a lidiar con la máquina que vende los tiquetes (2), el LIRR es pan comido. No hay dónde perderse.

Te subes y te anuncia "This is the train to Penn Station". Buscas un asiento que de preferencia te permita ver el skyline de Manhattan cuando vas pasando por Queens. Esperas a que pase el oficial pidiéndote el tiquete. Escuchas hasta el cansancio la grabación de "This is the train to Penn Station. This station is Amityville. The next stop is Massapequa Park", tanto así que al cabo de una semana habrás memorizado los nombres de la mayoría de las estaciones. Aguardas con calma que pase una hora, te duermes si quieres o buscas cómo entretenerte como hacen todos los demás (claro, con un iPad sería más fácil), y cuando menos lo sientes, llegaste a LA CIUDAD. 

(1) El LIRR pasa a cada hora en el horario regular, por lo que un par de minutos de retraso para alcanzar el tren significa una hora perdida esperando el siguiente.
(2) No esperes a ser atendido por una persona porque no la encontrarás. Las máquinas aceptan efectivo, tarjetas de crédito y débito (recuerda que comprar el tiquete a bordo del tren cuesta un 50% más).

Viajes

De por qué no importa cuánto planees

miércoles, agosto 17, 2011

Dice Murphy que si hay posibilidad de que algo salga mal, saldrá mal. Los aeropuertos, por supuesto, no son la excepción. Comalapa, lunes 25 de julio. Cerca de las 7:30 p.m. una aerolínea centroamericana ahora asociada a una colombiana anuncia el retraso de dos horas de su vuelo a Nueva York. ¿Ahora qué? 

Durante la semana anterior dediqué hasta el último minuto a planificar cada movimiento que daríamos en la ciudad que nunca duerme. Perdí el sueño tratando de prever hasta el más paranoico de los escenarios. ¿Qué tal si no llega la maleta? ¿Si llueve? ¿Si persiste la ola de calor? ¿Si nos perdemos aquí? ¿Si nos encontramos allá? Pero nunca se me pasó por la mente que no saldríamos el lunes.

El reloj pasa de las 9 p.m. Los demás pasajeros están muy molestos. Yo también debería estar molesta... ¡se supone que mañana por la tarde tendría que estar caminando por el puente de Brooklyn! Pero me preocupa más que nos suban a todos a un avión que necesita mantenimiento. Ni siquiera me gustan los aviones, ¿para que me subo a uno si no me gustan?

Ay, ¿por qué hace tanto calor aquí? "Joven, disculpe, no funciona el aire acondicionado", le digo yo. "Estamos tratando de solucionarlo", me responde. Este de seguro ha trabajado previamente en call centers. Somos los únicos esperando en toda Comalapa, el truco del A/C lo han de haber hecho por el drama. Quieren que nos sintamos como en Final Destination. 

Dicen que ya no saldremos a las 10, sino que a la 1 a.m. Eso no me hace sentir más segura. Para colmo, todo lo que planeé fue por gusto, o al menos así me siento. Quizá esta es la primera lección del viaje: no importa cuánto planees, más vale ser flexible. Al diablo los planes, ¡es tiempo de que viva sin planes! O al menos eso me diré para consolarme.

Nos piden que cambiemos de terminal y todos corren corremos como si fuéramos a tomar el bus. Por fin otro anuncio oficial y no el cuchicheo de los demás pasajeros. No hay avión, no hay vuelo. Regresen mañana.  Salimos por migración y nos alojan en un hotel. Alcanzo a ver la repetición de (lunes de) Criminal Minds en una cama ajena. 

Mañana será otro día. Sin planes.

Divagando ando

Volver

domingo, agosto 07, 2011

Tengo 13 noches de no dormir en mi cama. Le mentiría si le dijera que me hace falta. Anoche en el tren de regreso solo pensaba en cómo sería quedarse a vivir aquí y tener todos los teatros de Broadway a un tren de distancia, a la compañía de ballet o la ópera de Nueva York de vecinos y el Central Park por el patio de mi casa. Pero la verdad es que hay una diferencia abismal entre estar de vacaciones en una ciudad y vivir en ella a diario. Es un caso de fantasía versus realidad, noviazgo versus matrimonio.

Con tantos estímulos bombardeando mis cinco sentidos no me había detenido a pensar a qué es lo que vuelvo. La respuesta es que no sé. Sé que uno de estos días regreso a clases, el último ciclo de la maestría. ¿Puede creer que ya casi se acaba? Yo no. También sé que tengo un compromiso laboral al que, siendo honesta, no tengo ningún deseo de regresar, pero tampoco tengo otra opción. Sigo sin tener noticias del último trabajo al que apliqué, mi plan B para lo que resta del año. Y no, no tengo plan C.

Así que no, no sé a qué vuelvo. Tal vez a nada. Supongo que a la realidad.

No importa cuántos años tengas, siempre el domingo antes de regresar de vacaciones es el más cruel de todos.