El chip del agugú

viernes, agosto 31, 2012

Ir y venir de mi lugar de trabajo implica, casi a diario, atravesarme un centro comercial. Resulta que casi llegando al parqueo hay dos tiendas divinas de vestidos de panalito y otras preciosuras para niña. He notado que en promedio me detengo al menos uno o dos minutos al día para ver de reojo la vitrina. No tengo a quien comprarle ese tutú rosado, pero igual me gusta verlo. ¿Instintos maternales? ¿Consumistas? No sé.

Hace un par de semanas me tocó ir de personal shopper por un regalo de bautizo. Me volví loca viendo vestidos en un almacén por departamentos. A algunos nos gusta el ritual de la selección desde el objeto a regalar hasta el color de la chonga, pero más que un gusto, comprar regalos de bebé es un tanto un placer culposo para mí. Culposo porque no considero normal emocionarse tanto.

Claro, tampoco es normal hablarle "chiquito" al perro de los vecinos de enfrente y ponerle nombre (Maruchán), pero son cosas que pasan.


Últimamente pienso en lo mucho que me gustaría tener cerca una bebé o niña pequeña para jugar con ella, chinearla, cantarle, hablar con ella (¡los niños dicen las cosas más interesantes!). ¿Será acaso que me pegó el síndrome del nido vacío desde que mi sobrino se hizo "grande"? ¿O es solo mi impertinente reloj biológico adelantándose a su hora?

Sea como sea, no puedo evitar preguntarme por qué algunos traemos ese chip del agugú o el ontabebé.

Para mientras llegue el momento -en una galaxia muy, muy lejana-, aún me quedan los hijos ajenos y el departamento de bebés.

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