Viajes

Un día de perfección improvisada

domingo, marzo 30, 2014

La Piazza della Signoria y el Palazzo Vecchio

Día 4. Mi primera mañana en Florencia empezó con una carrera al restaurante en la terraza del hotel 15 minutos antes de que quitaran el desayuno que estaba incluido en la reservación. El desayuno "gratis", desde mi punto de vista, es una de las mayores ventajas que se debe sacar en cualquier viaje. Desayunar bien te ayuda a postergar un poco la hora de almuerzo o hacerlo más liviano y por ende, más barato (al menos en teoría). 

Como primer punto en la agenda no existente de este miércoles, atravieso el Ponte Vecchio lleno de turistas. Admiro las vitrinas de las joyerías sobre el puente mientras calculo mentalmente cuánto cuesta en dólares ese dije o esos aretes, para luego conformarme con mirar. En el puente hay un busto adornado con un rótulo prohibiendo colgar candados a su alrededor, so pena de querer una multa de cientos de euros.

Al otro lado del Arno, me adentro por las calles estrechas y empedradas de la vecchia Firenze hasta que doy, por fortuna, con la Piazza della Signoria y el Palazzo Vecchio, con su falso David afuera en el museo de esculturas al aire libre.



Vista de Il Duomo desde el Palazzo Vecchio

A unos pasos está la Galleria degli Uffizi, pero por este día improviso y terminó entrando al museo del Palazzo Vecchio, donde tuve la intención de subir hasta la punta de la torre pero la capacidad de mis pulmones desiste y se queda recuperándose del aire frío en la terraza. Tampoco me puedo quejar: la vista es espectacular.

Sigo el mapa del museo prácticamente vacío viendo qué puedo descubrir en cada sala, hasta que después de ver decenas de pinturas de la madonna con su bambino y Giovanni il Battista, me entretengo con otros detalles curiosos, como aprender que los lirios son el símbolo de Florencia o que las presuntas historias que cuentan algunos cuadros sobre personajes florentinos los asemejan a personajes de la Biblia. 

Al salir del Palazzo Vecchio cruzo por aquí y por allá hasta que doy con un bar. Es un bar piccolo pero muy bonito, cerca de la piazza de San Firenze. Tengo más sed que hambre, pero no está de más hacer una pausa. Aquí aprendí que en Italia el tamaño de una pizza "personal" se traduce a una pizza que fácilmente puede se compartir entre dos personas o más. Pero los ingredientes... es increíble cómo algo tan simple puede saber tan bien. Mi almuerzo incluyó WiFi y un tiramisú más que perfecto para más tarde.

Sigo las flechas que me llevan en mi camino a Santa Maria dei Fiori, con su fachada de mármol y su famosa cúpula. El edificio, de proporciones monumentales, desafía el tiempo y una no puede sino ponerse a pensar cómo pudieron construirlo hace tantos siglos. En el costado hay una entrada para quienes desean entrar específicamente a rezar o prender una vela, mientras que los demás turistas entran por las puertas en la fachada principal.

Fachada y cúpula de Santa Maria dei Fiori

En las tres iglesias que visité esta semana -la Sagrada Familia, Notre Dame y Santa Maria dei Fiori-, me pareció curioso que los administradores de los recintos hacen un esfuerzo por que en su interior aún se respete el hecho de que, aparte de maravillas arquitectónicas e históricas, su principal funcionalidad es ser un lugar para la adoración.

Al final de la tarde, el cansancio y el sueño me vencen. No me queda más que recordar que a final de cuentas estoy aquí para el dolce far niente y que puedo irme a dormir una siesta. Sí. Siesta. Se vale. Estoy de vacaciones.


Ponte Vecchio antes del atardecer

Viajes

Atardecer mágico en Florencia

domingo, marzo 30, 2014

Día 3. Florencia me ha llamado la atención desde el momento en que mi maestra de Lenguaje asignó una tarea sobre arte del renacimiento en primer año bachillerato. Así conocí el "Nacimiento de Venus" de Botticelli. Tampoco puedo negar que todas las veces que vi "Under the Tuscan Sun" y las pocas de "Eat, pray, love" también me llevaron a interesarme por Italia. Italia como ese lugar mágico del dolce far niente y la dolce vita.

Llegué a Florencia un martes después del mediodía. El aeropuerto Amerigo Vespucci es tan pequeño que los aviones te dejan en medio de la pista, donde autobuses te esperan para llevarte a la terminal. La Florencia turística que todos vemos en fotos es un sitio histórico que guarda los secretos del medioevo y el renacimiento, como una Antigua Guatemala que una vez llegas ahí se te olvida que dejaste atrás una ciudad.

Con mi italiano de principiante, ordené un taxi que me llevara al hotel que había reservado en oferta por internet*. El Hotel Pitti Palace al Ponte Vecchio fue una de las sorpresas más agradables de todo el viaje, y aunque estoy segura de que no se compara con los lujos de los Médici, para mí sí lo fue. Después de revivir con una siesta en una cama donde bien cabían cuatro personas, salgo con mapa en mano a explorar a pie, la manera más eficiente de moverse en Florencia.

Ponte Vecchio visto desde el ponte Santa Trinita
Elijo el mejor puente para atravesar el río Arno. Desde el ponte Santa Trinita se alcanza a ver el ponte Vecchio y el ponte alla CarraiaDel otro lado, encuentro la piazza Santa Trinita para descubrir que no todas las piazzas son enormes. Algunas son solo monumentos en medio de las calles estrechas. Una escultura dedicada a la justicia vigila desde lo alto de su columna las tiendas de Salvatore Ferragamo, Ermenegildo Zegna y Gucci, entre otras. 

Ponte alla Carraia sobre el río Arno

Mi presupuesto no incluye el fino cuero italiano. En cambio, me conformo con un cannolo siciliano que compro da portare en una pequeña tienda. Voy con mi bolsita en mano viendo qué hay a la vuelta de cada esquina, hasta dar con la piazza dell'Unità Italiana y la estación de Santa Maria Novella.

Todas las advertencias acerca de los carteristas hacen efecto en mi cabeza cuando veo a un joven seguir a una pareja insistiendo que les compre algo o les dé dinero. Mi mano se afianza sobre mi cartera y empiezo a caminar más rápido. Llego hasta una banca frente a la Basilica di Santa Maria Novella y tomó un respiro para comerme el cannolo. Oddio! Mamma mia! Volvería a Italia solo por comer otro de esos.

Santa Maria Novella

Anochece temprano y la prudencia de la primera noche en otro país desconocido me indica que es tiempo de irme para el otro lado del río. Me voy por otro puente, el Carraia, para ver qué más encuentro. Las calles están tan solas y son apenas las 6 de la tarde. Busco un restaurante para cenar y mis pies me llevan hasta la Piazza de Pitti. El palacio detrás de la plaza fue la residencia de los Médici y ahora alberga exhibiciones de arte.





Me decanto por un café enfrente de la plaza que anuncia una cena con prezzo fisso. Por una cantidad que a mí me parece absurda pero que para estándares europeos aparentemente es una "ganga", puedo elegir un primo y un  secondo con su contorno. Mi fantástica primera cena en Italia fue un antipasto de cortesía, pan de la casa frito en aceite de oliva; de primo, gnochetti con camarones y alcachofas; de secondo, un filete de carne y de contorno, papas salteadas.

Una comida italiana completa incluye al menos cinco platos. Primero es el antipasto o el "antes de la comida", que pueden ser aceitunas, bruschetta o un carpaccio, por ejemplo. Luego va el primo o primer plato, que por lo general es pasta, arroz e incluso sopa; seguido del secondo, el plato fuente, que es cualquier proteína acompañada del contorno o guarnición. Si con todo eso aún no te has llenado, puedes comerte todo el pan de la canasta que ponen en tu mesa. El broche de oro es el dolce o postre.

Ahora puedo entender la parte de "Eat" del libro de Elizabeth Gilbert. 

Cierro la noche pellizcándome y pensando "De verdad estoy aquí. Esto es real". Funcionó construir los rieles antes de que pudiera pasar el tren por ahí.


* Yo usé www.hotels.com y lo recomendaría para planear su próximo viaje. No recibo ni un centavo por darle este consejo :)

Viajes

Regocijarse en Gaudí y su Sagrada Familia

domingo, marzo 30, 2014

Día 2. Las personas que me conocen podrán decirle que soy en extremo organizada. Algo así. A sabiendas de que tendría solo un día en Barcelona intenté meter todo lo que pude en el itinerario de ese lunes 16. Desafiando el jetlag, me levanté temprano y una vez ataviada de toda mi indumentaria invernal que completaba mi look de Michelín, me dirigí al comedor del hotelillo por el desayuno incluido. Era un paraíso de tortilla de patatas, croissants y paquetitos de Nutella (como una versión refinada de la Nucita). 

En la calle apenas y hay gente para ser casi las 9 a.m. Me cruzo la plaza en búsqueda de la parada del bus turístico que me ayudará a maximizar mi tiempo en la Ciudad Condal. La ruta azul del Bus Turístic inicia su recorrido por el Passeig de Gràcia, una de las principales avenidas de Barcelona donde, a menos que sea tan despistado como yo, podrá observar el trabajo de Gaudí en la Casa Batlló y La Pedrera. El bus va buscando su camino entre edificios de apartamentos desde cuyos balcones cuelgan banderas de Cataluña y que abren paso a la parada más esperada de todo el recorrido, al menos para mí: la Sagrada Familia.

Siendo previsora, había comprado mi entrada en línea con un par de semanas de anticipación. Siempre me parecerá curioso que en Ticketmaster se pueda adquirir entradas para ver una iglesia. Llego tan a tiempo que, después de haber pasado por seguridad, resulta que aún no es mi hora de entrada. Se dan las 10 y al fin puedo entrar en medio de varios grupos de turistas asiáticos que siguen obedientemente a sus guías, como si se tratara de una excursión escolar. 

Recojo la audioguía que incluye la entrada y la voz del narrador empieza a susurrarme al oído todo un recital de datos que debería saber o aprender, como si estuviera en una clase de arquitectura o historia del arte. En la fachada de la entrada al público, la más nueva, Jesús te recibe con la cruz a cuestas en unas esculturas geométricas con marcadas líneas rectas. Hay esculturas por todas partes, todas contando un pasaje diferente de la Biblia. Al entrar, la magnificencia de los colores de los vitrales que se dan a la tarea de filtrar la luz que viene de afuera y que llenan el recinto de un aspecto mágico. 

Interior de la Sagrada Familia

Me encanta la sensación que te embarga al entrar en un lugar grande. Grande en todos los sentidos, no solo físicamente. Te hace sentir pequeña y recordar la insignificancia de tu humanidad. Si no fuera así, ¿cómo podrías asombrarte de las cosas que te pone enfrente la vida? Esa capacidad de admiración, muy propia de los niños, no la deberíamos de perder nunca.


Fachada del nacimiento, Sagrada Familia.

Después de embobarme viendo la fachada del nacimiento, me tomé el tiempo de ver las exposiciones acerca de Gaudí, lo que me ayudó más a entender la magnitud de su obra y su visión innovadora para la época. Aunque no soy la más creyente de los creyentes, no me deja de dar la impresión de que el talento y la inspiración no son fortuitos.

Al salir de la basílica no es ni el mediodía y ya me puedo dar por satisfecha de haber venido hasta acá. La prisa, el cansancio y el frío son malos consejeros para el viajero con tiempo limitado, así que una vez de vuelta en el bus, voy eligiendo deliberadamente cuáles paradas saltarme. El Parc Güell y el Tibidabo deben quedarse para "la próxima", si es que la próxima algún día llega. Veo el Camp Nou desde el bus, me cambio de ruta y no me bajo sino hasta la parada de la Plaza de España.

Plaza de España
Aparte del frío, una de las desventajas de viajar en invierno es que todo es más gris y no dejas de sentirte un poco decepcionada cuando estás enfrente de un lugar que has visto en fotos y se ve... diferente (como me pasó en el Coliseo en Roma).

Empiezo a caminar hacia el Palacio de Montjuïc. No dejen que las gradas los engañen. A los lados hay escaleras eléctricas que ayudan a agilizar el paso. Sin holgura de tiempo y presupuesto, opto por ver el palacio desde afuera, sin entrar al Museo Nacional D'Art de Catalunya que alberga en su interior.



Al fondo, Palacio de Montjuic
El miedo a perder el siguiente bus me previene de visitar el Museo del Pueblo Español. Aunque tengo bastante confianza en los buses tipo hop on, hop off, una de sus desventajas es que es difícil de predecir cuándo van a pasar. Entre más largo es el recorrido, más probabilidades hay de que haya un retraso, ya sea por el tráfico o por la cantidad de buses que ponen en circulación dependiendo de la temporada.

El bus sigue su recorrido por Montjuic, pasando por el Palau Sant Jordi, donde celebraron los Juegos Olímpicos de 1992 y todavía se ve la antorcha olímpica. Mi siguiente parada es el Teleférico de Montjuïc desde donde se alcanza a ver todo Barcelona y el Mediterráneo.

Barcelona a tus pies

Basta llegar hasta arriba e identificar a lo lejos la Sagrada Familia para ver qué tan lejos he llegado en un día.

En todos los sentidos.

Viajes

Anochecer en Barcelona

domingo, marzo 30, 2014

Día 1. Aterricé en Barcelona un domingo de diciembre hacia el final de la tarde. Por primera vez en 27 años estaba sola en un lugar nuevo a kilómetros de distancia de mi casa. Ya en Barajas había sentido la ansiedad de la separación, el típico "¿Qué estoy haciendo?" que se te viene a la cabeza cuando todo a tu alrededor es desconocido y el "No puedo creer que al fin lo estoy haciendo" que le sigue automáticamente. Nervios y emoción al mismo tiempo.

Sin importar cuántas oportunidades para viajar se me presenten en el camino, los aeropuertos siempre me causan estrés. Esa sensación de "No hay vuelta atrás" que se anida en tu estómago desde el momento en que sales por la puerta. Así salgo del Prat, siguiendo la señalización que me lleve al Aerobus. Esperando mi turno para subir al siguiente bus, me entretengo observando a una chica con un glamouroso abrigo de piel que incendiaría los ánimos de cualquier activista de PETA.

A mí las 16 horas de vuelo y los meses de cansancio atrás se me notan, pero los tengo que dejar de lado porque tengo que aprovechar al máximo los próximos 9 días. Subo al bus y acomodo mis maletas como puedo. Voy pendiente de cada parada hasta que la luz se enciende en la Plaça Catalunya. Llegué. Ya está oscuro, hace frío allá afuera y después de varias vueltas no logro encontrar el pequeño hotelillo que reservé por internet. Es tan pequeño que no tiene rótulo y en lugar de lobby hay una relojería.

La habitación es del tamaño de una caja de fósforos. La vista es de las azoteas y chimeneas vecinas. Pero el baño está limpio, la cama es cómoda, la habitación se calienta en un santiamén y el WiFi conecta casi al instante. Me abrigo, salgo de la habitación y me dispongo a explorar con mapa en mano. El hotelillo está justo al inicio de La Rambla que se ilumina para Navidad o 'Nadal'. Cientos de personas llenan las calles con bolsas en las manos, seguramente comprando sus regalos.

Busco comida y agua. No como desde el desayuno y mi cena de la noche anterior terminó en una de esas bolsas que te dan las azafatas tratando de ser amables mientras disimulan su cara de asco. Como buena turista con un presupuesto -y con miedo de no tener suficiente efectivo en la moneda local-, todo me parece exorbitantemente caro. Voy entre las calles siguiendo las campanadas y el bullicio de la gente. Me di por vencida con el mapa y me dediqué a seguir flechas hasta que di con la Fira de Santa Llucía enfrente de la Catedral de Barcelona, justo en el Barrio Gótico.

Vista de la Catedral de Barcelona de día
Me paseó entre los puestos y sonrío con los Caganers. Si mi abuelito estuviera vivo, ese habría sido su regalo de navidad. De regreso me entretengo viendo las vitrinas de los grandes almacenes, todas decoradas para las fiestas. Vuelvo al punto donde comencé y me decido por cenar en La Cervecería. Una copa de sangría y tres montaditos son mi cena para celebrar que llegué al otro lado del mundo.