Viajes

Un día caótico

domingo, mayo 25, 2014

Día 6. Roma no se construyó en un día pero yo me propuse a conocerlo en uno. Tomé el tren de alta de velocidad de Florencia a Roma en la oscuridad de las 7 a.m. Fue una de las cuatro ocasiones en que pagué un taxi en todo el viaje, pero fue necesario porque no me animé a caminar en lo oscuro hasta la estación de Santa Maria Novella. Dormí casi todo el trayecto, las dos horas que duró. Así de cansada estaba con el insomnio de las últimas noches. Ritmo circadiano descompuesto.

Al llegar a la estación Roma Termini, el caos. Cientos de personas por doquier. Y la lluvia. Lluvia en diciembre. De todos los días para conocer la ciudad eterna me tocó el más gris. Desayuné rápido y busqué la parada de los buses rojos que hacen un circuito por los lugares turísticos must see. Elegí los buses porque no sabía nada sobre dónde estaba qué cosa ni cómo llegar. No tenía ni siquiera un mapa.

Después de un arranque difícil bajo la llovizna, llegué al Coliseo. Y me decepcioné. Porque el Coliseo era gris. No se veía como en las fotos y en las películas. Lo adornaba un árbol de navidad gigante que me recordó que solo faltaban cuatro días para la Nochebuena. Desde un principio sabía que no entraría al sitio histórico, por restricciones de tiempo y presupuesto. Con lo que no contaba era con la lluvia. Vendedores ambulantes se paseaban con sombrillas en mano, pero el miedo a ser robada me detuvo de buscar mi billetera entre el desorden de mi bolso.

De todos los lugares, Roma fue donde más acechada me sentí y más miedo tuve por los carteristas. Probablemente todo este recuento está sesgado por la sensación de desesperación que tuve ese viernes.

El Coliseo. Gris.

Después de esperar por el bendito bus lo que se sintió como una eternidad bajo la llovizna, opté por no bajarme sino hasta el Vaticano. En el recorrido, una de las vistas más bonitas fue el monumento a Vittorio Emanuele II frente a la Piazza Venezia, donde curiosamente a la par había una manifestación. Ya a lo largo de la semana había visto en las noticias que había disturbios en Roma, así que esta protesta se veía pacífica comparada con las de la televisión.




Luego, el bus llegó a la Via della Conciliazione, la entrada al Vaticano. Sorteando los charcos hechos por la lluvia y esquivando a los vendedores que ofrecían todo tipo de tours y casi ver al mismísimo Papa Francisco, llegué a la Piazza di San Pietro, con su árbol de navidad al centro y una fila que rodeaba al menos el 60% de la plaza para entrar a la Basílica. Desalentada por el cansancio de caminar bajo la lluvia por miedo a deslizarme, me quedé sin ver La Pietà. Mi consuelo fueron los Musei Vaticani.


De las estampas más curiosas del Vaticano fue ver a la policía llevarse con algo de brusquedad a un vendedor que estaba por la plaza. Uno no se imagina que esas cosas pasen en un lugar así.

Caminé 20 minutos hasta llegar a la entrada de los Museos Vaticanos, donde están las estancias de Rafael y la Capilla Sixtina. Hice el recorrido largo en el que haces un circuito por todas las salas abiertas al público. Mis pies no estuvieron tan de acuerdo, pero al final del día, en estas situaciones uno termina caminando con el espíritu. Al llegar a la Capilla Sixtina, repleta de personas y guardias sigilosos de que nadie tome fotos ni video, no pude evitar admirar cómo esta obra se pudo realizar con la tecnología del siglo XV. Nada de lo que se haga en este siglo con las comodidades y conveniencias que tenemos se le pueden comparar.

En las estancias de Rafael sí se pueden tomar fotos.

Al salir del museo a media tarde, di por finalizada mi estadía en el Vaticano. Busqué el bus y me fui directo a la parada de la Fontana di Trevi. Hasta que la hallé. Y fue magnífico. Pasé sentada enfrente por unos buenos veinte minutos, tratando de capturar mentalmente todos los detalles del momento, con la fortuna de que un rayo de sol se asomó por un breve instante para iluminarla. Bellissima. Tiré mi moneda al agua con la esperanza de regresar algún día. Uno menos gris.

La Fontana di Trevi

Después de mucho caminar, hice una parada técnica por un pedazo de pizza rellena que me comí mientras caminaba hacia la Piazza di Spagna y la famosa escalinata. Si conté cuántas gradas eran, a estas alturas ya lo olvidé.

Roma a los pies de la Escalinata de España.

Un día caótico terminó con un gelato de chocolate mientras esperaba el bus que me llevara a la estación para tomar el tren de regreso a Florencia. A dormir. Finalmente.

Viajes

De sentirse inmensamente afortunada

sábado, mayo 24, 2014

Día 5. Este fue de los pocos días que tenía planeado con anticipación. Dos puntos en la agenda: la Galleria degli Uffizi y la Galleria dell'Accademia. 'El nacimiento de Venus' y el 'David'. Botticelli y Miguel Ángel. Me atravieso el Ponte Vecchio en medio del frío como todas las mañanas -lo digo como si fuera algo habitual y este no fuera mi tercer día aquí, pero así de cómoda me siento-. Decido caminar al lado del Arno y llego pronto al cul de sac que da a la entrada de la Galleria degli Uffizi, que queda a pasos del Palazzo Vecchio y la Piazza della Signoria.


La Galleria degli Uffizi tiene forma de U
Como ya se ha vuelto habitual en este viaje, me topo con una excursión de turistas asiáticos que siguen a su guía a todas partes. Ellos no son los únicos afuera. A pesar del frío y que el recinto aún no abre sus puertas, decenas de turistas aguardan para poder entrar. Algunos, como yo, van con su reservación en mano. 

Después de una revisión que incluye rayos X, empiezo a seguir flechas. El recorrido comienza en el segundo piso y es fácil no perderse porque el edificio tiene forma de U. Voy de sala en sala viendo un desfile de madonnas con el bambino en brazos y me entretengo con los bustos y las esculturas en los pasillos, y los frescos en el techo. 

Cuando llego a "El nacimiento de Venus" no puedo evitar sentir una mezcla de emoción y de decepción. Muchos la pasan de largo. Por un momento pareciera que soy la única persona prestándole atención a la expresión de su rostro detrás del vidrio (la obra está cubierta, me imagino, por protección). 

Después de tres o cuatro horas voy para afuera. Camino por las calles con una confianza ridícula, como si perteneciera aquí. Doy de nuevo con Santa Maria dei Fiori, imponente a la vista, y me meto a un bar en la esquina de al lado. Combino las señas con mi italiano básico de principiante y ordeno un panino de berenjena y la Coca-Cola más cara de mi vida (¡4,50!). Observo las costumbres italianas para entretenerme mientras descanso las piernas y agarro ánimos para seguir caminando.

Retomo las calles y me auxilio del mapa y de las flechas para dar con la Galleria dell'Accademia, cuya entrada pasa un poco desapercibida sin pena ni gloria en la Via Ricasoli. Después de los rayos X de rutina, entro en el hogar de una de las esculturas más reconocidas -si no la más- en la historia. Este museo no está ni la mitad de lleno que la Galleria degli Uffizi (probablemente fue por la hora), así que me da la sensación de tenerlo para mí sola. Pinturas gigantescas y otras obras de escultura le hacen el pasillo al David, que está ahí en medio, dispuesto a recibir toda la atención.

Las palabras no alcanzan para describir la impresión que da estar frente a esa escultura de 5 metros. No hay por donde empezar. Es digno de verse desde todos los ángulos y notar detalles tontos como la perfección hasta en el dedo pequeño del pie. Te deja sin palabras y no quedan ganas de otra cosa más que de estar ahí viéndolo, admirándolo, casi en actitud de reverencia. Y no te fijas en nada más hasta que eventualmente los guardias rompen el silencio pidiéndole a algún turista que se abstenga de tomar fotos. 

Aquí algo que mucha gente confunde: el David original estuvo anteriormente en la Piazza della Signoria, donde ahora se encuentra una copia a escala. Una curiosidad más de la Galleria dell'Accademia es que tienen un simpático centro de recursos multimedia donde uno puede aprender más sobre la historia del David y de las técnicas de pintura de la época. Probablemente el David sea el único motivo por el que las personas visitan este museo, pero no hay que descartarlo en una visita a Florencia.

Es curioso pero cinco meses después solo recuerdo ciertos detalles de las cosas. Es como si mi cerebro tuviera una capacidad limitada para recuperar toda la información que almacenó en cuestión de horas. Pero lo que queda es un sentimiento y ese es el de sentirme inmensamente afortunada por las oportunidades que la vida me dio/da. Poder decir que he estado en algunos de los museos más importantes del mundo antes de cumplir los 30 años tal vez para alguien no significa nada, pero para mí representa mucho. Es un triunfo personal poder ver con mis propios ojos el talento de hombres que siguen siendo únicos sin importar cuántos siglos pasen. 

La tarde muere con otra visita a Santa Maria dei Fiori, deambular por las calles hasta encontrar la Piazza della Repubblica con su carrusel y los restaurantes y tiendas lujosas alrededor, comerme un gelato de fragola e nocciola (extraña combinación, pero poco importa cuando sabe tan rico) y atravesarme el puente una vez más.

Piazza della Repubblica
Por la noche, la última cena. Gracias a TripAdvisor doy con la Osteria Vecchio Vicolo, en la via Lambertesca. El menú lo conforman una sopa clásica de la Toscana llamada ribollita (hecha a base de vegetales, frijoles cannellini y pan desmenuzado), pasta con las mejores albóndigas que probaré en toda mi vida y una copa de Montepulciano. Y me puedo llamar feliz.