En la TV

Cutthroat Kitchen y su deliciosa maldad

sábado, enero 10, 2015

Hace un año tomamos la decisión de hacer el upgrade al cable digital en mi casa. Ahora tenemos cientos de canales de dónde escoger, pero realmente solo miramos dos: Food Network y HGTV. Ah *suspiro*, como en los viejos tiempos.

Si me preguntan qué fue lo que cambió en cinco años creo que la respuesta sería: hay menos programas de cocina. No. No es un caso como el de MTV. Sigue habiendo comida y casas, pero en lugar de tener por objetivo enseñarte paso a paso cómo preparar un platillo, la mayoría de la programación nocturna (el prime time) ha sido invadido por programas de competencias de cocina u otros que son tipo reality shows, sobre todo de bienes raíces, en el caso de HGTV.

No me quejo. Ya esa evolución se venía dando desde Iron Chef America y Chopped. Luego siguió en otros canales con programas como Top Chef, Hell's Kitchen y más recientemente Masterchef en todas sus versiones. Pero ahora, a decir verdad, ha llegado a otros niveles. Solo en estos meses he descubierto Worst Cooks in America, America's Best Cook, Kitchen Casino, Kitchen Inferno y mi favorito: Cutthroat Kitchen, conducido por Alton Brown:


Solo hay una palabra para describir de qué se trata este programa que se estrena los domingos por la noche. Sabotaje. Cuatro competidores reciben $25 mil dólares para participar en las subastas que Alton Brown ofrece en cada una de las tres rondas para sabotear a tus contrincantes. Que te quiten toda la canasta de ingredientes. Que te cambien el ingrediente principal por otro. Que te toque cocinar en la cacerola más pequeña que te puedas imaginar. Gana el que tiene el mejor plato y solo se lleva el dinero que se ahorró de sabotear a los demás.

Es malvado y a veces se pasa de cruel. Pero si lo vemos de otra forma, este programa prácticamente se trata de estrategia y teoría de juegos, por lo que casi pasa por educativo. Como sea, es adictivo.

Online

Instagram y la vida de los otros

sábado, enero 10, 2015


Hace un par de días, coincidiendo con el cumpleaños de Elvis Presley, Jessica Biel le preparó panqueques con mantequilla de maní, banano y mora azul a Justin Timberlake, quien noches antes había terminado su gira mundial "The 20/20 Experience".

Nunca necesité saber cómo le gustan los panqueques a JT, pero confieso que me gusta que gracias a Instagram ahora cabe la posibilidad de enterarse de detalles tan triviales como ese, sea de una celebridad o no.

Al principio no le encontraba utilidad a Instagram porque estaba un tanto reacia a generar contenido propio. Lo que cambió mi opinión fue encontrar a quién seguir. Individuos, marcas e incluso lugares que fueran lo suficientemente interesantes como para mantenerlo enganchado a uno.

¿En qué anda Ivanka Trump? ¿Qué come Alex Guarnaschelli hoy? ¿Cuál es la nueva receta de ThePioneerWoman? ¿Quiero imaginarme que estoy en Nueva York? Veo las fotos de Misshattan o las de Habitually Chic. Para Roma está GMcGuireInRome. Para París, ParisInFourMonths. Para tips de fotografía, Nigel Barker. Si necesito un minuto de ternura canina, veo las fotos o videos de Harlow and Sage o veo los Snoopygrams.

Revistas de cocina, decoración, moda, cadenas de televisión, diseñadores, cantantes, actores, gente común y corriente en otros lugares del mundo. Luego estos usuarios se complementan con personas que sí conoces en la vida real o virtual, con sus nubes, sus bebés rosaditos, sus mascotas, sus viajes y los momentos más emocionantes de sus vidas.

Instagram es la nueva herramienta para el voyeurista, para enterarte de la vida de los otros. Prácticamente todo se puede seguir en Instagram. Y sí, lleva sus filtros, ángulos, staging y recortes, pero en las cuentas correctas se puede encontrar algo de candor y naturalidad, muestra de que el contenido no ha pasado por la aprobación del publicista o un ejército de especialistas en social media. Como Michael Bublé cantando "Milkshake" de Kelis.

Si uno tiene derecho a un par de minutos para desconectarse y a un poquito de frivolidad en el día, prefiero pasar los míos pasando las fotos en Instagram.

Y he aquí los panqueques de Justin Timberlake:

Foodie

Hoy, en cocinando con Pinterest

sábado, enero 10, 2015


El almuerzo del 31 de diciembre se ha convertido, de una u otra forma, en una tradición familiar y en los últimos años me he dado a la tarea de cocinar -casi- todos los platos por mi cuenta, a pesar de mi falta de experiencia en la cocina y mi inutilidad más grande.

El año pasado, que coincidió con la presentación oficial de "el novio", traté de estar más preparada por lo que acudí a mi recetario virtual: Pinterest. Revisé el tablero con los platos que por años he tenido la intención de probar y me decidí por un menú acorde a la ocasión (es decir, que fuera lo suficiente fácil para mí).

Los resultados fueron buenos, o al menos eso me dijeron, pero lo que más disfruté fue el proceso, muy a lo "Julie & Julia" y Rémy en "Ratatouille".

Seguro me veía como la caricatura arriba de estas líneas, pero con un teléfono en la mano y con una expresión más de pánico que de concentración, pero un buen tipo de pánico, de me-gusta-pero-me-asusta. Ahora lo que me pregunto es si tanto me gusta por qué no lo hago más seguido. Puede entrar en la lista de propósitos de año nuevo.

Este fue el menú y los enlaces a las recetas. Todos los ingredientes y/o sus sustitutos pueden encontrarse en el supermercado:

Foodie

No más papas fritas

sábado, enero 10, 2015

Hace años publiqué un post prácticamente quejándome de por qué las papas fritas eran la única opción de acompañamiento en un buen número de restaurantes, no necesariamente de comida rápida.

Papas, papas, papas. No tengo nada en contra de las papas. Incluso he encontrado lugares donde le hacen un refresh exitoso a las papas fritas, como las Papa Bites en Buffalo Wings o las bolitas de papa que en Caminito Chocos bañan con trocitos de chorizo, queso y chimichurri. Las papas están bien. Pero tener opciones es aún mejor.

Eso pasa en Smashburger (Plaza Madero, Santa Elena), donde no te condenan a ordenar un combo de hamburguesa + papas + bebida [Ver menú]. La lista de acompañamientos incluye pero no se limita a cinco opciones diferentes de papas fritas, contando las sweet potatoes. Hay chili, camote frito, aros de cebolla, ensalada y las croquetas de yuca, que fue las que probamos con el novio.

La descripción para este ítem en el menú reza así: "Empanizadas, rellenas de queso derretido y BUTIFARRA picada". Son la combinación perfecta de texturas: crunch por fuera y almidonaditas por dentro, rellenas con extra sabor. Las podría ordenar con o sin la hamburguesa. Las podrían vender en el cine (como los deditos de mozarella en Cinépolis). Las podrías servir en una fiesta como hors d'oeuvres. Podría comerlas mientras veo un maratón de series o películas en Netflix.

Las hamburguesas también son muy ricas, con su premisa de que las tortitas no están congeladas en discos perfectos de carne, sino que las hacen smashed en el momento. O también puede probar los shakes hechos con helado Häagen-Dazs (ver foto abajo). Regresaría a Smashburger solo por uno de esos.

Lo dejo para su consideración.

* Los conceptos vertidos en este espacio son de mi exclusiva responsabilidad, basados en una visita al restaurante el 21 de diciembre de 2014. Esta publicación no ha sido patrocinada de ninguna forma.

Viajes

Fin de semana largo en París

viernes, enero 09, 2015

Este post sólo tomó 382 días en ser escrito

Mi primera vez en París -digo mi primera vez en París porque tengo la esperanza de que no sea la única-, consistió en... bueno, no ver mucho de París. No como lo imaginaba. Esa noción romántica que tenía de caminar por las calles y cruzar todos los puentes, como recuenta Sabrina en la película del mismo nombre (versión 1995). O tal vez fue por ver demasiadas veces "Amélie". De vivir París, no de visitarlo. Llegué a esa conclusión después de seguir (con un poco de envidia) las fotos de Habitually Chic en Instagram durante sus meses en la capital francesa. Por eso hablo de mi primera vez en París. La experiencia turista de un par de días.

Día 7. Llegué a la "ciudad de la luz" a mitad de una tarde helada. Al bajar del autobús de Orly vi por primera vez en toda la semana una cara conocida. La hermana de una amiga me recibió en su apartamento cerca de la estación Glacière, donde pasa la línea 6 del metro. Después de un par de preguntas obligatorias de "¿Fuiste aquí?", "¿Qué te pareció allá?" y de ser reprobada por no tomarle una foto furtiva al David ni a la Capilla Sixtina, mi anfitriona se dio a la tarea de darme un crash course en cómo moverme en el transporte público.

La ventaja de andar con alguien que sabe dónde está y hacia dónde ir es que la conversación se convierte en una mezcla de tour guiado y clase de historia. El bus nos dejó a un costado del Musée du Louvre, por el pasaje Richelieu. De noche. Aún así, la vista por primera vez del recinto y la pirámide al centro es sobrecogedora. Empezamos a caminar y caminar. El Arco del Carrusel aquí. El Jardín de las Tullerías acá. La Plaza de la Concordia allí. El Obelisco de Luxor allá. Y voilà: les Champs-Élysées.



Un mercado navideño se tomaba varias cuadras con sus kioskos de cosas lindas y curiosas, de comida rica y caliente. Atrás queda el mercado y la vista se llena de las grandes tiendas y marcas hasta que, una hora después, llegamos a l'Arc de Triomphe. Haces un happy dance interno y piensas "Sí, ¡lo hice!". Tomamos el metro de regreso y justo entre la parada de Trocadéro y Passy se ve LA torre con sus luces. Bonsoir Paris. À demain.



Día 8. Mi mamá ha tenido la fortuna de viajar a menudo por trabajo desde que tengo memoria, así que una de las cosas que más me gusta es ir a lugares donde ella ha estado antes. No podemos viajar juntas pero hacerlo así es una manera de compartir la experiencia. Versalles es uno de esos lugares. En los dos o tres días que mi mamá pudo ver París cinco años antes que yo, la residencia de los reyes de Francia fue uno de los lugares que visitó. Recuerdo que trajo uno de esos libros que venden en las tiendas de regalos porque sentía que era la única manera de enseñárnoslo. Ese libro y la película de Sofia Coppola sobre Marie Antoinette eran mi mayor referencia antes de ese domingo gris y con llovizna.

Una hora, dos trenes y una pequeña caminata después, al fin llego con sombrilla en mano al Château de Versailles. No hay palabras para describir Versalles. Bueno, sí las hay, pero no le hacen justicia. La experiencia sería más placentera si hubiera 75% menos de turistas rodeándote, pero no nos podemos dar esos lujos reales. Habitación por habitación vas absorbiendo todo: pinturas, muebles, tapices, detalles decorativos, los tidbits de historia que te va susurrando al oído la audioguía. Llegar a la Galería de los Espejos e imaginar todo aquello de lo que estas paredes pudieron ser testigo. La opulencia.



La tarde se me va en ir al Grand Trianon (redecorado por Napoleón), el Petit Trianon y los dominios de María Antonieta: la famosa granjita de la Reina, donde hago un descanso en medio del frío para, como buena excursionista, comerme un paquete de galletas mientras un cisne se pasea por el estanque. Casual. Como si hiciera esto cualquier domingo por la tarde.

Tomo el tren y me bajo en Saint Michel-Notre Dame. Para cuando salgo al mundo exterior, ya es de noche. Me cruzo el pequeño puente sobre el Sena y le rindo una visita a Notre Dame en plena misa. Al salir, camino hasta el Pont Neuf (sin candado, porque soy una terrible turista apegada a las leyes) y espero sin suerte un barquito que haga un tour por el río Sena. Me doy por vencida y me voy de regreso por la calle oscura y desolada hasta la estación.

Día 9. ¿Sabe qué pasa cuando uno no compra las entradas por internet? Toca hacer una larga fila. Es 23 de diciembre y cientos de personas quieren entrar al Musée du Louvre. Las previsoras ya llevan su entrada en mano. Las que por una vez en la vida deciden no hacer planes y vivir temerosamente esperan paradas en el frío que sea su turno para entrar. Cuando al fin bajo por la pirámide, llego a una especie de vending machine, deslizo la tarjeta para comprar mi entrada y una mano me la arrebata antes de que pueda caer en la cuenta de lo que está pasando.



Fui ¿asaltada? en el Louvre. Termino de entender lo que pasa y no me toca más que comprar otra entrada y agradecer que se llevaron el boleto y no la tarjeta. Trato de procesar la mezcla de estupor y cólera, y entro al museo agarrando con fuerza mi bolso. Todas las alertas de los pick-pockets eran ciertas, ninguna incluía ese modus operandi y no sé qué otros trucos puedan tener. Me olvido de lo que pasó -ayuda el hecho de que parezca casi increíble- y empiezo a hacer mis rondas.

Recorrer el Louvre en menos de un día es cuestión de prioridades. Dicen que verlo todo con detenimiento podría tomarte meses. Yo apenas tengo horas, por lo que toca hacer solo las paradas obligatorias, entre ellas, por supuesto La Gioconda. Y esta, queridos lectores, es una vista realista del famoso cuadro de Da Vinci, detrás de todos los turistas, con un vidrio especial protegiéndola y rótulos de "Cuidado con los carteristas" a cada lado.


Pero mi pieza favorita, de todo lo que pude ver, es la escultura de "Psique reanimada por el beso del amor" (detalles aquí). *Suspiros*




Para cuando salgo del museo, he perdido la noción del tiempo. La siguiente en la lista de must-see's es la Tour Eiffel. Improvisar me vuelve a jugar una mala pasada y paso horas (sí, horas) en la fila para comprar la entrada que me haga subir la torre en un no tan cómodo elevador, como si el cansancio y el frío no fueran lo suficiente. Pero lo tengo que hacer porque, si no, ¿para qué vine hasta acá? Con lo que me cuesta creer que haya llegado hasta acá.



Mi abuelo, un hombre de campo, me llamaba su "Princesita de París". Me encantaría recordar algo tan tierno como eso, pero no puedo porque estaba demasiado pequeña. Pero pienso en esas tres palabritas porque creo que no hay mejor manera de vivir que honrando todo el esfuerzo de las personas que estuvieron antes que uno. En más de una forma, no podrías estar donde estás sin ellos.

Así que subo a LA torre con las piernas acalambradas, con la paciencia al límite y sintiendo que el aire frío me quema la nariz -no tiene sentido, lo sé. Pero lo que veo es esto y de pronto todo vale la pena.


Al bajar hago un intento por maximizar en vano las últimas horas que me quedan en París. Siento una combinación de satisfacción y frustración. Pienso lo que piensa cualquier turista arrepentido: si hubiera hecho esto, si hubiera dejado de hacer aquello, todos los lugares que no pude ver. Al final solo puedo decir que esta fue mi primera vez en París y que tendrá que haber una segunda. Algún día.