Fin de semana largo en París

viernes, enero 09, 2015

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Mi primera vez en París -digo mi primera vez en París porque tengo la esperanza de que no sea la única-, consistió en... bueno, no ver mucho de París. No como lo imaginaba. Esa noción romántica que tenía de caminar por las calles y cruzar todos los puentes, como recuenta Sabrina en la película del mismo nombre (versión 1995). O tal vez fue por ver demasiadas veces "Amélie". De vivir París, no de visitarlo. Llegué a esa conclusión después de seguir (con un poco de envidia) las fotos de Habitually Chic en Instagram durante sus meses en la capital francesa. Por eso hablo de mi primera vez en París. La experiencia turista de un par de días.

Día 7. Llegué a la "ciudad de la luz" a mitad de una tarde helada. Al bajar del autobús de Orly vi por primera vez en toda la semana una cara conocida. La hermana de una amiga me recibió en su apartamento cerca de la estación Glacière, donde pasa la línea 6 del metro. Después de un par de preguntas obligatorias de "¿Fuiste aquí?", "¿Qué te pareció allá?" y de ser reprobada por no tomarle una foto furtiva al David ni a la Capilla Sixtina, mi anfitriona se dio a la tarea de darme un crash course en cómo moverme en el transporte público.

La ventaja de andar con alguien que sabe dónde está y hacia dónde ir es que la conversación se convierte en una mezcla de tour guiado y clase de historia. El bus nos dejó a un costado del Musée du Louvre, por el pasaje Richelieu. De noche. Aún así, la vista por primera vez del recinto y la pirámide al centro es sobrecogedora. Empezamos a caminar y caminar. El Arco del Carrusel aquí. El Jardín de las Tullerías acá. La Plaza de la Concordia allí. El Obelisco de Luxor allá. Y voilà: les Champs-Élysées.



Un mercado navideño se tomaba varias cuadras con sus kioskos de cosas lindas y curiosas, de comida rica y caliente. Atrás queda el mercado y la vista se llena de las grandes tiendas y marcas hasta que, una hora después, llegamos a l'Arc de Triomphe. Haces un happy dance interno y piensas "Sí, ¡lo hice!". Tomamos el metro de regreso y justo entre la parada de Trocadéro y Passy se ve LA torre con sus luces. Bonsoir Paris. À demain.



Día 8. Mi mamá ha tenido la fortuna de viajar a menudo por trabajo desde que tengo memoria, así que una de las cosas que más me gusta es ir a lugares donde ella ha estado antes. No podemos viajar juntas pero hacerlo así es una manera de compartir la experiencia. Versalles es uno de esos lugares. En los dos o tres días que mi mamá pudo ver París cinco años antes que yo, la residencia de los reyes de Francia fue uno de los lugares que visitó. Recuerdo que trajo uno de esos libros que venden en las tiendas de regalos porque sentía que era la única manera de enseñárnoslo. Ese libro y la película de Sofia Coppola sobre Marie Antoinette eran mi mayor referencia antes de ese domingo gris y con llovizna.

Una hora, dos trenes y una pequeña caminata después, al fin llego con sombrilla en mano al Château de Versailles. No hay palabras para describir Versalles. Bueno, sí las hay, pero no le hacen justicia. La experiencia sería más placentera si hubiera 75% menos de turistas rodeándote, pero no nos podemos dar esos lujos reales. Habitación por habitación vas absorbiendo todo: pinturas, muebles, tapices, detalles decorativos, los tidbits de historia que te va susurrando al oído la audioguía. Llegar a la Galería de los Espejos e imaginar todo aquello de lo que estas paredes pudieron ser testigo. La opulencia.



La tarde se me va en ir al Grand Trianon (redecorado por Napoleón), el Petit Trianon y los dominios de María Antonieta: la famosa granjita de la Reina, donde hago un descanso en medio del frío para, como buena excursionista, comerme un paquete de galletas mientras un cisne se pasea por el estanque. Casual. Como si hiciera esto cualquier domingo por la tarde.

Tomo el tren y me bajo en Saint Michel-Notre Dame. Para cuando salgo al mundo exterior, ya es de noche. Me cruzo el pequeño puente sobre el Sena y le rindo una visita a Notre Dame en plena misa. Al salir, camino hasta el Pont Neuf (sin candado, porque soy una terrible turista apegada a las leyes) y espero sin suerte un barquito que haga un tour por el río Sena. Me doy por vencida y me voy de regreso por la calle oscura y desolada hasta la estación.

Día 9. ¿Sabe qué pasa cuando uno no compra las entradas por internet? Toca hacer una larga fila. Es 23 de diciembre y cientos de personas quieren entrar al Musée du Louvre. Las previsoras ya llevan su entrada en mano. Las que por una vez en la vida deciden no hacer planes y vivir temerosamente esperan paradas en el frío que sea su turno para entrar. Cuando al fin bajo por la pirámide, llego a una especie de vending machine, deslizo la tarjeta para comprar mi entrada y una mano me la arrebata antes de que pueda caer en la cuenta de lo que está pasando.



Fui ¿asaltada? en el Louvre. Termino de entender lo que pasa y no me toca más que comprar otra entrada y agradecer que se llevaron el boleto y no la tarjeta. Trato de procesar la mezcla de estupor y cólera, y entro al museo agarrando con fuerza mi bolso. Todas las alertas de los pick-pockets eran ciertas, ninguna incluía ese modus operandi y no sé qué otros trucos puedan tener. Me olvido de lo que pasó -ayuda el hecho de que parezca casi increíble- y empiezo a hacer mis rondas.

Recorrer el Louvre en menos de un día es cuestión de prioridades. Dicen que verlo todo con detenimiento podría tomarte meses. Yo apenas tengo horas, por lo que toca hacer solo las paradas obligatorias, entre ellas, por supuesto La Gioconda. Y esta, queridos lectores, es una vista realista del famoso cuadro de Da Vinci, detrás de todos los turistas, con un vidrio especial protegiéndola y rótulos de "Cuidado con los carteristas" a cada lado.


Pero mi pieza favorita, de todo lo que pude ver, es la escultura de "Psique reanimada por el beso del amor" (detalles aquí). *Suspiros*




Para cuando salgo del museo, he perdido la noción del tiempo. La siguiente en la lista de must-see's es la Tour Eiffel. Improvisar me vuelve a jugar una mala pasada y paso horas (sí, horas) en la fila para comprar la entrada que me haga subir la torre en un no tan cómodo elevador, como si el cansancio y el frío no fueran lo suficiente. Pero lo tengo que hacer porque, si no, ¿para qué vine hasta acá? Con lo que me cuesta creer que haya llegado hasta acá.



Mi abuelo, un hombre de campo, me llamaba su "Princesita de París". Me encantaría recordar algo tan tierno como eso, pero no puedo porque estaba demasiado pequeña. Pero pienso en esas tres palabritas porque creo que no hay mejor manera de vivir que honrando todo el esfuerzo de las personas que estuvieron antes que uno. En más de una forma, no podrías estar donde estás sin ellos.

Así que subo a LA torre con las piernas acalambradas, con la paciencia al límite y sintiendo que el aire frío me quema la nariz -no tiene sentido, lo sé. Pero lo que veo es esto y de pronto todo vale la pena.


Al bajar hago un intento por maximizar en vano las últimas horas que me quedan en París. Siento una combinación de satisfacción y frustración. Pienso lo que piensa cualquier turista arrepentido: si hubiera hecho esto, si hubiera dejado de hacer aquello, todos los lugares que no pude ver. Al final solo puedo decir que esta fue mi primera vez en París y que tendrá que haber una segunda. Algún día.

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