Observadora participante en Tinder

domingo, enero 29, 2017

Hace un par de días, alguien me persuadió de crear una cuenta de Tinder, una aplicación móvil que se encarga de conectarte con personas con quien en teoría tienes algo en común, basándose en la información que le proporcionaste a Facebook. Básicamente te sugiere personas con quien tienes conocidos en común y que siguen a las mismas páginas. Si te parecen (para lo que sea que andas buscando), los deslizas a la derecha. Sino, a la izquierda.

¿Izquierda o derecha?

Descargué la app por curiosidad, aunque convencida de que no me interesa conocer a alguien en este momento, lo cual yo sé suena contradictorio. Adentrarme en ese mundillo era un pasatiempo con fines de investigación, algo así como un ejercicio antropológico, aplicando la observación participante y el análisis de contenido. Porque pues, así soy yo.

A pesar de lo que uno se pueda imaginar, Tinder ofrece un entorno seguro. Nadie se puede contactar a menos que el interés sea mutuo y, aún cuando se "hace match", queda a opción de cada quien si le envía un mensaje al otro. Con la comodidad que da estar del otro lado de la pantalla, comencé a revisar todos los perfiles que la app me sugirió. La cara de Britney Spears ilustra fidedignamente muchas de mis reacciones esa noche:

Like for real

Mientras rechazaba de manera indiscriminada a la gran mayoría de especímenes masculinos entre 29 y 34 años a 25 kilómetros a la redonda, llegando varias veces al punto en que Tinder ya no tenía más usuarios que mostrarme, me fui fijando en otros detalles. Como lo común que eran las selfies tras el volante, la típica foto con un trago en la mano, la pose de thumbs up 👍, la foto con el grupo de amigos en alguna fiesta, la foto de "Mírame, he viajado", o "Mírame, tengo un hobby cool".

Entre más fui entendiendo cómo funcionaba la app, me detenía en algunos perfiles y leía la descripción que algunos ponían de sí mismos (inserte el GIF de Britney otra vez), las canciones que seleccionaban en Spotify o las fotos que compartían en Instagram. En un máximo de seis fotos, me hacía una idea vaga de quién podría (o no) ser esta persona a tantos kilómetros de mí.

Analizaba a los otros y seguro lo mismo hicieron ellos conmigo, pensando tal vez que era una snob por decir que me gustan las conversaciones inteligentes. Quizá lo más curioso sea que, mientras hacía las de antropóloga, me analizaba a mí misma. ¿Qué tiene este perfil que me hace detenerme más de 2 segundos en él? ¿Qué hace que te dé a la derecha? ¿Qué dice de mí que este me "guste" y aquel no?

Es interesante como nuestras personas virtuales construyen identidad y también crean percepciones. Lo que somos y no somos en público o en internet alimenta el imaginario que los otros tienen de nosotros. A veces lo que aparentamos ser termina siendo más poderoso que lo que somos. Porque a veces toca ponernos estas máscaras. Es adaptación. Instinto de supervivencia. Como cuando te empeñas por dar la mejor impresión en una entrevista o reunión de trabajo, aunque por dentro estés muerta de miedo, hecha un manojo de nervios.

¿Que cómo terminó el ejercicio? No puedo saber cuántos usuarios en total habrán deslizado mi perfil a la derecha y cuántos otros a la izquierda. Otra bondad de Tinder dependiendo de cómo lo veas: no conoces la magnitud del rechazo. De mi parte, deslicé la pantalla a la derecha unas contadas veces, algunas bastante aleatorias y hubo una en particular que se sintió como ponerle un sello de "Te felicito" a alguien porque también seguía The New York Times.

Por supuesto que esto minó las probabilidades de avanzar el experimento hacia otra etapa. La de conversar con un perfecto desconocido. Esa para la que no estoy lista. Hice un solo match. Alguien a quien no pienso escribirle, por mucho que Tinder me diga que "Te perderás el 100% de las memorias que nunca generes".

Pero gracias por participar amigo, pasa por tu bolsa de churros 😉.

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