Viajes

Cinco respuestas post-viaje a la pregunta "Why Chicago?"

domingo, diciembre 31, 2017

And all that jazz 🎵


Cuando el oficial me apartó de la fila a mi llegada en el aeropuerto de O'Hare un sábado por la tarde, me hizo una pregunta que ya había escuchado al menos un par de veces antes del viaje: "¿Por qué Chicago?". Me dediqué a explicarle que un amigo no paraba de hablar de lo mucho que le había gustado, y que yo estaba ahí para ver qué tenía de fascinante, aprovechando una oferta en el boleto de avión y un fin de semana largo.

Eran los hechos. Sin embargo, también es cierto que sabía muy poco acerca de Chicago, aparte de que la llaman "la ciudad de los vientos" y es famosa por la pizza de masa alta. Viendo hacia atrás, conocía Chicago más de lo que recordaba, solo de verlo en un puñado de películas como "My best friend's wedding", "Baby's day out", "Ferris Bueller's day off", "The break-up" y en "While you were sleeping" (una de mis películas favoritas 💕). Simplemente no estaba en mi top of mind. 

Esta vez apenas y me molesté en investigar lo básico (OK, lo básico para mi estándar de planificación). Mis expectativas eran bajas y mi mente, más abierta. Me dediqué a disfrutar lo que pude, a apreciar las oportunidades que tuve y a improvisar según la necesidad. Ahora, post-viaje, tengo cinco respuestas a la pregunta "¿Por qué Chicago?".

#1 La comida

Admito que cuando viajo tiendo a preocuparme tanto por el dinero (y por aquello de las emergencias) que tiendo a comer menos. Soy de ese tipo de turista y mi necedad hace que me pierda de ciertas cosas. Sin embargo, Chicago fue la excepción, convirtiéndose en una experiencia gastronómica singular, en parte gracias a las recomendaciones de mi amigo y su larga lista de restaurantes, cafés y bares.

Como yo contaba con poco menos de cuatro días, hubo que priorizar, y la primera tarea al momento de bajarme del metro en Clark/Lake fue buscar comida. Caminar en círculos bajo la lluvia, con un frío que se cala capa por capa de ropa hasta los huesos, incomunicada, sin mapa ni idea de adónde estás y para dónde vas, ciertamente te da hambre.

Pero después de lo que se sintió como una eternidad, la ciudad gris se iluminó con la marquesina del teatro de Chicago y mi estómago se calentó con los bao buns de Wow Bao y el más delicioso caldo tailandés. Claro, si hubiera caminado en línea recta cuando salí de la estación lo habría encontrado a dos cuadras, pero así se aprecian más los detalles como los tulipanes en las jardineras de las calles.

Esa noche, después de dar una vuelta innecesaria en el Loop, de nuevo caminar en círculos bajo una lluvia torrencial, perdí mi reservación en Little Goat Dinner 💔, el restaurante de Stephanie Izard, ganadora de la cuarta temporada de Top Chef y, más recientemente, Iron Chef. Resignada, terminé cenando pasta en Reno, un restaurante ultra hipster en el barrio de mi Airbnb, mientras veía la tormenta azotar sobre Logan Square.

La lluvia cedió un poco el domingo, aunque el frío continuó. Un desayuno rápido para llevar de Do-Rite Donuts, las más exquisitas donas. Mi elección de sabores fue red velvet y, mi favorita, limón y pistacho. Como no se puede ir a Chicago sin probar la pizza de masa alta (deep dish), la visita a Giordano's era obligatoria, con una Goose Island Urban Wheat (la recomendación del mesero) para aguantar la espera de media hora y recargar baterías para seguir caminando.


Ese día terminé en un Trader Joe's viendo todas las cosas que no podía llevarme a mi casa y comprando las que sí podían hacer el viaje de regreso. Trader Joe's es un paraíso para comprar souvenirs comestibles, como las cerezas cubiertas de chocolate oscuro que siempre compro para compartir pero raras veces llegan a otras manos. También es bueno para economizar si en tu alojamiento tienes acceso a la cocina.

La oportunidad para probar Little Goat Diner llegó dos días después del plan original, cuando decidí que podía intentar ir al restaurante sin reservación porque era lunes - esta vez revisando bien en Google Maps cómo llegar para no perderme. ¿Cómo podría estar lleno un lunes a eso de las 11 a.m.? La gente trabaja, ¿quién iría a brunch? Pues, no, estuvo mal suponer. No solo estaba lleno, sino que ¡había gente esperando entrar! Con la suerte de andar sola, me sentaron de inmediato en la barra, el mejor asiento de la casa porque podía ver toda la comida que salía de la cocina.

Si me dijeran "Dibuja tu restaurante soñado", probablemente se vería como Little Goat Diner. El salón, con sus líneas limpias, paleta neutral y gran tragaluz al centro, enamora al ojo desde el momento en que entras. El menú casual está lleno de opciones creativas para desayunar a cualquier hora del día, sándwiches, hamburguesas, entre otros.

En mi cruzada personal por probar algo que no podría ordenar en El Salvador, ordené camarones con cheesy grits. Siempre había querido probar los grits, sémola de maíz popular en el sur de Estados Unidos. Si todos los grits saben como el que preparan en LGD, es justo decir que saben a confort en un plato, en un ¿caldo? ¿salsa? de la que no dejé ni una gota.

Siguiendo con el tema sureño, pedí un biscuit del tamaño de mi puño, que terminó siendo devorado con mantequilla y mermelada. Lo único que lamento es haber quedado tan llena que no pasé por la panadería por algo para llevar.

¿Cuánto rompe la alcancía ir a LGD? No mucho. Creo que podrías gastar más en una de esas grandes franquicias que vienen a países como el nuestro. Ahora bien, hay que tomar en cuenta que Little Goat es un diner, y que Stephanie Izard tiene otros dos restaurantes más formales, pero la moraleja es que a veces se encuentran work arounds para probar la cocina de un celebrity chef.

La alcancía se rompió esa noche con una cuenta rondando los $50 en Avec, otro restaurante en el West Loop, altamente recomendado por mi amigo/guía turístico/mentor foodie y para el que sí logré mi reservación. De líneas limpias, sobrio pero elegante, con detalles en madera en abundancia y ambiente cálido, si LGD se siente como una cafetería posh pero amigable, Avec es en definitiva un lugar para el que desearías andar mejor vestida. No con esto quiero decir que sea intimidante o incómodo, pero de entrada sabes que es otro nivel.

Mi cena en Avec fue una experiencia en sí misma. El restaurante define su concepto como "platos mediterráneos rústicos para compartir en un ambiente íntimo", lo que puede ser una desventaja si andas sola y no tienes con quién compartir los platos pequeños para probar distintas cosas del menú. En ese caso, toca hacer el sacrificio de ordenar dos platos pequeños. El primero, los famosos dátiles rellenos de chorizo con tocino en una salsa de tomate con chile piquillo. El segundo, un salmón que venía con una letanía de ingredientes que jamás había escuchado, como harissa. Y de postre, un semifreddo de chocolate con ruibarbo y otro sinfín de cosas. Todo absolutamente delicioso.

      

Para el día de mi retorno, me sentía lo suficientemente aventurera para hacer una parada en Wicker Park antes del aeropuerto. El destino: Dove's Luncheonette, un restaurante de inspiración mexicana. Ordené lo menos mexicano del menú, un pancake con arándanos, granola de almendras, crema de limón y jarabe de maple. Cuando la cacerola de hierro llegó a mi mesa, el caramelo burbujeando fue indicativo de que había valido la pena arrastrar la maleta hasta este lugar tan simpático justo debajo de la plataforma de Damen.


No sé si regresaría a Chicago, pero si lo hiciera sería para volver a comer en algunos de estos lugares y probar más restaurantes. Tal vez esto de ser foodie se me pegue 😉.

#2 El Instituto de Arte de Chicago

Entonces, ¿qué se hace en Chicago aparte de comer? Esta ciudad del estado de Illinois tiene varias atracciones, pero si tuviera que elegir solo una para recomendar sería el Instituto de Arte de Chicago, un museo del tamaño justo que se ubica a un costado del parque Millennium y para el que se necesita un mínimo de 2 horas para recorrerlo.


Platicando con una colega viajera que había visitado Chicago semanas antes que yo, las dos coincidimos en que después de visitar algunos de los museos más grandes, como el Louvre o el Prado, uno tiende a pensar que los demás no te pueden sorprender, pero el AIC es justo eso, una grata sorpresa de cuatro niveles, incluyendo el lobby, donde se encuentra una de las exhibiciones más interesantes de todo el museo: los cuartos miniatura de Thorne, reproducciones a escala de interiores europeos y norteamericanos del siglo XIII a los años 1930. Como detalla este artículo del New York Times, esta sala te hace sentir como un niño, y es perfecta para niños, ya que hay un borde alrededor que les permite quedar cara a cara con estas preciosuras.


Otras obras a resaltar son las ventanas de Chagall (sobre estas líneas), las pinturas impresionistas y las alas de arte moderno y contemporáneo, respectivamente, del tipo que te hace inclinar la cabeza y te deja un signo de interrogación en el rostro, como esta escultura de Jeff Koons, "Woman in tub".


#3 Los rascacielos y su historia

Mucha gente no lo sabe pero el rascacielos fue inventado en Chicago. Este es el tipo de fun fact que se aprende cuando te unes a un walking tour. Era mi primera vez en uno y lo recomendaría sin duda alguna. El guía, Mike, quien había trabajado por años en la oficina de turismo de la ciudad, se dedicó por alrededor de dos horas a dar cátedra de la historia de la ciudad, desde el río Chicago, el lago Michigan, el gran incendio, los primeros edificios, el Loop, la Gran Exposición Universal, por qué la llaman la "ciudad de los vientos" (a pesar de no ser la ciudad con más vientos) y más. Lo increíble fue que Mike no supiera que a la noria o ferris wheel se le conoce como "la Chicago" en este rincón del mundo, aludiendo al hecho de que la invención fue presentada en la ciudad del mismo nombre en 1893. Para información sobre la compañía de tours que ocupé, pueden visitar este enlace.

Cuando viajas sola es raro encontrar con quién hablar, y este tour fue la oportunidad perfecta para interactuar con humanos, como la señora que estaba en la ciudad solo por el fin de semana con motivo de una fiesta y terminamos platicando sobre cómo ella había vivido en Sevilla, Madrid, y luego en Antigua Guatemala. ¿Por qué? No sé, creo que ella solo quería hablar mientras esperábamos al resto del grupo bajo la marquesina del teatro 😆.


También me sirvió para ver que es perfectamente común y normal que las mujeres viajen solas, algo que a algunas personas aún les cuesta entender. Algunas habían cruzado el océano Atlántico para llegar hasta ahí. Me pregunto si alguien les cuestionó por qué Chicago...

Walking tour aparte, Chicago es fácil de recorrer a pie y sumamente agradable a la vista, con edificios tan altos que la neblina imposibilita ver hasta dónde llegan. Verdaderos rascacielos. Solo cruzar el puente DuSable y caminar por la avenida Michigan, conocida como Magnificent Mile, es un tour en sí mismo, si disfrutas de ver la arquitectura.




Si hace buen clima durante su estadía en Chicago, pueden subir a los observatorios de la torre Hancock o la torre Willis (la típica foto de turista en el mirador con piso de vidrio). Si está lloviendo, como me pasó a mí, no correrán con esa suerte y cualquiera los desanimará de gastar su dinero en las entradas, si acaso no están ya cerrados por la velocidad de los vientos. En ese caso, tocará admirar Chicago desde abajo, y fijarse en otros detalles, como este reloj que es mi favorito:



#4 Los espacios y transporte público

Chicago tiene tanto espacio. Aunque Nueva York es grande, es fácil sentirse atrapado en medio de los grandes edificios. Eso no te pasa en Chicago, que además tiene hermosos espacios públicos, comenzando por Millennium Park, donde está la famosa escultura del Bean, o el "guisante de metal" como escuché a un par de españoles llamarlo, y la fuente Crown, una curiosa instalación de arte digital / videoescultura en que dos pantallas interactúan la una con la otra y con los transeúntes.

Todos tienen esas fotos espectaculares en que el cielo se refleja en el Bean... Y yo tengo esta.


El parque queda cerca de las orillas del lago Michigan, tan grande que lo rodean cuatro estados. Creo que el acceso a lugares así debe aumentar exponencialmente tu calidad de vida y es algo que envidio de muchas de las ciudades que he conocido.

También a la orilla del lago están varias de las atracciones más familiares, como el Acuario Shedd y el Planetario Adler, aunque si me lo preguntan, sentarse en una de las bancas a ver el lago es una atracción en sí misma.

¿Cómo se puede recorrer la ciudad tan fácilmente? ¡En el metro, por supuesto! Una tarjeta Ventra para uso ilimitado por tres días te cuesta $20 y puedes tomar el metro desde el mismísimo aeropuerto O'Hare (línea azul).

Una vez entiendes cómo funciona el Loop puedes llegar a casi cualquier punto de la ciudad. Los buses son también fáciles de usar y te llevan a áreas donde el metro no - recordemos que Chicago es una ciudad grande.

No me da pena decir que me costó entender el circuito elevado, pero dejaría de ser yo si no tuviera la capacidad de reírme de mí misma ante algo tan bobo como no saber por dónde subir las gradas para tomar el tren en determinada dirección.

#5 Los vecindarios

Una de las ventajas del metro es que hace fácil recorrer los diferentes vecindarios. En mi caso, busqué desde el principio un Airbnb que estuviera cerca de una línea de metro y así fui a parar a Logan Square, un vecindario encantador con acceso a la línea azul, perfecta porque va directo a O'Hare y al Loop. Es un área residencial tranquila en la que apenas y te encuentras a alguien en la calle. Más encantador es Wicker Park, o lo que alcancé a ver. En esas fechas en ambos vecindarios estaban grabando episodios de "Easy", una serie tipo antología de Netflix que se sitúa en Chicago.


Si el people watching es lo suyo, pueden subirse al metro que los lleve a Wrigley Field en un día de juego. Ver a los fans de los Chicago Cubs ataviados con toda su parafernalia (mi favorita, la chica en el metro con la frazada de los Cubs) es un interesante ejercicio de observación, y se puede hacer desde la comodidad del Starbucks sobre la calle Clark.


Mi viaje de +/-3 días apenas cubrió lo esencial de Chicago, pero quedé satisfecha. Siento que puedo decir con propiedad que conozco Chicago, al menos lo más turístico. Quedaron varios restaurantes y vecindarios en lista de espera. No sé si regresaría pronto, o en absoluto, pero de presentarse la oportunidad (y la oferta), quizás me animaría a visitarla de nuevo. La próxima vez espero que sea con un mejor clima.


Fechas qué recordar: 29 abril - 2 mayo, 2017
Duración real: +/-3 días
Experiencias para siempre: El Instituto de Arte de Chicago y los tulipanes por todos lados.
Comida memorable: Toda. TODA. TODA. Pero Avec fue la más especial.
Qué faltó de esencial: Las cosas que el clima no permitió, como el tour por el río (tipo Julia Roberts en "My best friend's wedding), el mirador de la torre Hancock, y tal vez ir a un juego de béisbol.
Qué aprendí: A empacar para el clima más extremo. Aunque iba preparada con una sombrilla, me tocó comprar guantes y gorro para sobrevivir el resto del viaje. Y a gastar en comida como parte de la experiencia (y no arrepentirme de ello).

Viajes

Caminando por Manhattan

lunes, diciembre 04, 2017


Nueva York es una de mis ciudades favoritas en todo el mundo. Sí, es cierto que no tengo un pasaporte lleno de sellos para comparar, pero estoy convencida de que podré recorrer otros rincones del mundo y seguirá siendo de mis favoritas, adonde seguiré eternamente planeando viajes imaginarios para volver "algún día".

Hace un año fue mi turno de regresar a Nueva York y experimentarla de otra manera. Lejos de las típicas atracciones turísticas, sin itinerarios ajetreados, a pie y en silencio, sin WiFi ni datos, entre el otoño y el invierno, y con el espíritu navideño a reventar. 

Navidad por todas partes

Tomar el tren hacia la estación Penn en Manhattan al final de la tarde y salir de ese mundo subterráneo a una plétora de luces de todos los colores. Cruzar la 34 y ver el edificio de Macy's con su enorme rótulo con la palabra "Believe" ("Cree") y sus escaparates decorados para la época. Avanzar al parque Bryant para ver el mercadillo de Navidad con sus ventas, los patinadores sobre la pista de hielo y el árbol de navidad con su decoración patriótica en rojo, blanco y azul. Seguir caminando por la quinta avenida, desviarme en el centro Rockefeller para ver el famoso árbol de "Mi pobre angelito 2", momento que repetiría días más tarde acompañado de fresas cubiertas de chocolate Godiva después de la función del "Christmas Spectacular" de las Rockettes en el Radio City Music Hall, fórmula perfecta para entrar en el espíritu de la navidad. 

Detenerme a ver el juego de luces y música en la fachada de Saks Fifth Avenue, mientras los policías dirigen el tránsito de los cientos de peatones que han salido a la calle ese domingo. Ver afuera de la Catedral de San Patricio a un coro de monjas jóvenes cantando villancicos y que una de ellas llamara mi atención por usar zapatos tenis con su hábito. Un par de bloques más arriba, admirar los escaparates de Bergdorf's con sus diseños intrínsecos y maniquíes ataviados de ropa y zapatos que jamás podría costear. Una hora después, sentarme en Times Square, al centro de todas las luces, en medio de tantos otros turistas como yo y recordar la letra de "New York, New York", de Sinatra.

Caminar, caminar, caminar


Otro día comenzó desde la punta de la isla con vista a la Estatua de la Libertad, en el parque Battery donde conocí oficialmente el otoño en las hojas amarillas y rojizas de los árboles que aún no habían sucumbido al frío del invierno. Ese día debo haber caminado unas 20 calles, con breves paradas en la Iglesia de la Trinidad, el memorial a los ataques terroristas del 9/11, el Oculus (la estación de metro más cara del mundo), hasta atravesar Tribeca, y después SoHo y sus calles empedradas y edificios con detalles de hierro en sus fachadas, y llegar al parque Washington Square, fácil de reconocer por todo aquel que vio "Friends" alguna vez en su vida. 

En mi experiencia viajando he descubierto que no cualquiera comprende el placer de solo caminar. Siempre me preguntan "¿Pero qué hiciste?", "¿Adónde fuiste?", "¿Ahí que hay?". No siempre hago algo aparte de caminar. Ni voy a lugares específicos todo el tiempo. A veces en los lugares en los que termino ni siquiera hay algo concreto, un monumento o un sitio icónico. Pero caminar es más que caminar. Es ver la arquitectura de la ciudad transformarse ante tus ojos. Son los murales, los rótulos, las calcomanías pegadas en un acto de vandalismo urbano, los graffitti. Son los establecimientos comerciales, ver a la gente entrar y salir en su vida diaria, interactuando entre ellos. Es preguntarse qué tipo de vida llevan los habitantes de esos vecindarios y pensar si uno sería feliz ahí.
Una de las desventajas de viajar en diciembre es lo temprano que anochece. Para cuando me había trasladado de Greenwich Village a Chelsea en el metro, todo lo que pude ver desde el parque Highline fueron las luces de Nueva Jersey, a pesar de que no eran ni las 6 p.m. Ese lunes, taché de mi lista de deseos culinarios conocer el mercado de Chelsea, abajo de las instalaciones del canal de televisión por cable Food Network. Cualquier día que termine con un rollo de langosta califica como perfecto, en mi humilde opinión.

Tienes un e-mail

La principal ventaja de viajar sola es que nadie cuestiona tu salud mental al momento de proponer ideas como recorrer los lugares en que se desarrolla una de tus películas favoritas. En este caso: "You've got mail". Después de un paseo rápido en los alrededores del parque de Madison Square, incluyendo una estampa curiosa de una plazuela con hamacas frente al edificio Flatiron, me moví 73 calles hacia arriba, específicamente al Upper West Side, el vecindario en que se desenvuelve la historia de Kathleen Kelly y Joe Fox (F-O-X).

Esa especie de peregrinaje me llevó al jardín de la calle 91, en medio del parque Riverside, donde los protagonistas finalmente se "conocen"; el Café Lalo, donde se citan por primera vez y Joe cae en cuenta que Kathleen es Shopgirl; y Verdi Square, entre otros. Fui una fanática feliz.


Es interesante cómo dependiendo del vecindario en que te muevas, puedes apreciar un Manhattan completamente diferente, no solo en arquitectura y el perfil de las personas que se logra observar sino también, como dirían los más místicos, en sus vibras. El Upper West Side se siente así de "cool" y relajado como nos lo hace creer la película de Nora Ephron, a diferencia de su vecino del este.

Una experiencia y un recuerdo

La noche acaba bajo la llovizna en el teatro David H. Koch, en el Centro Lincoln para las artes escénicas, con una función del ballet "El Cascanueces", de esas cosas que te alegran el corazón y que quisieras por un momento tener a alguien a tu lado para compartirlo. Una experiencia en sí misma.


Desde ver en el metro a un caballero ataviado en su traje, unas niñas en sus vestidos más elegantes de camino al teatro, el bullicio del lobby, el libreto de Playbill con la información de la obra, los detalles del vestuario, los decorados del escenario y, sobre todo, la destreza de bailarines y músicos, todo hizo que el precio del boleto valiera la pena. Lo que no tiene precio es sentirte doblemente afortunada al recordar de la nada aquel disco compacto con la música de Tchaikovsky que pertenecía a tu abuelito, y que por un tiempo sonabas para hacer las tareas del colegio.


Esta ciudad entera, con todo lo que me falta por explorar y descubrir, lugares que volver a ver y experiencias nuevas por vivir, la volvería a visitar todas las veces que pudiera. Con algo de suerte tal vez lo pueda hacer de nuevo el día menos pensado.

Para mientras, hay otros destinos en lista de espera.


Fechas qué recordar: 3 - 9 diciembre, 2016
Duración real: 5 días
Experiencias para siempre: "The Nutcraker" (New York City Ballet), "Christmas Spectacular" (Radio City Music Hall).
Comida memorable: Chelsea Market (llevar hambre y dinero), primera cerveza (Stella Artois), Eataly (demasiadas opciones), Alice's Tea Cup (cerca de Central Park, por Strawberry Fields), Whole Foods (abrumador), Godiva (las fresas cubiertas con chocolate), Max Brenner Chocolate Bar (cerca de Union Square), Wolffer Estate en los Hamptons (la cata de vino y el queso de cabra borracha).
Qué faltó de esencial: Central Park de día en otoño/invierno, el árbol de navidad del MET, Butter (reservación que perdí en el restaurante de Alex Guarnaschelli 💔).
Qué aprendí: Menos es más.

En mente