El poder de la risa

lunes, mayo 28, 2018

Hace un año recibí mi nariz roja 🔴 en Fábrica de Sonrisas, una organización de voluntarios que busca cambiar el estado psicológico y emocional de niños y adultos en hospitales, asilos y orfanatos a través de la risoterapia, bajo el lema "Vivir, servir y siempre sonreír". Ajá, sí, como Patch Adams, el referente que todos tenemos gracias a la película de Robin Williams.

Llegué a Fábrica por el deseo de servir a través del voluntariado. Vi la foto de una amiga de la universidad con su bata y nariz y, a pesar de que teníamos años de no hablar, me animé a preguntarle en qué consistía. Ella fue quien me invitó a la convocatoria en febrero de 2017, y requirió valentía de mi parte aceptar la propuesta porque lo nuevo y desconocido me aterra. Así soy yo.

Requirió aún más valentía terminar el proceso de formación, cuatro meses que coincidieron con ajustes importantes en un área predominante de mi vida. No puedo dar muchos detalles de lo que sucede ahí por toda la mística que rodea a Fábrica desde el primer día, pero lo resumo con decir que uno cambia, no importa si mucho o poco, pero sí hay un cambio ahí aunque te tome tiempo verlo.

Lo más importante que he aprendido en este año es que la risoterapia funciona. Lo veo en casi cada una de mis visitas. Lo he visto en pacientes en los hospitales Rosales, Zaldaña y el Divina Providencia. Lo he visto con los enfermeros y los familiares de mis pacientes. Lo he visto en los abuelitos del San Vicente de Paúl, Sara Zaldívar y el Santa Mónica. Lo he visto con los niños del Hogar Vito Guarato. Lo he visto en mí porque a veces el paciente soy yo, y ellos los Sonriseros. Reír alivia. Reír conforta. Reír te abstrae de tus penas. Reír te hace feliz.

Aún si solo es por 90 minutos a la semana, he visto caras transformarse frente a otro compañero doctor. Cuando estoy ahí, no soy del todo yo. Soy más libre de mí misma. Canto, bailo, me río. He conocido, si bien de forma fugaz, a personas con algunas de las historias de vida más interesantes que he escuchado. He sentido en un abrazo el cariño genuino de perfectos desconocidos solo por estar ahí para ellos. He sentido que sirvo para algo y alguien más.

La segunda cosa más importante es que los voluntarios no somos santos. Somos humanos y como tales cometemos toda una serie de equivocaciones en nuestras vidas. Puede ser en nuestra casa, el trabajo, en una relación, con un amigo, con nosotros mismos. Pero sí sé que cuando cambio de nombre y me pongo mi bata y mi nariz, me obligo a intentar ser una mejor versión de mí misma. Una que quiere creer en el "Yo quiero, yo puedo, yo lo voy a hacer".

Pero de todas las cosas que he aprendido, quizás la menos pensada es el poder de las burbujas, sin importar la edad del paciente. Si con un sencillo burbujero puedo hacer sentir mejor a alguien, así sea solo estando parada soplando burbujas para que ellos las revienten, estoy dispuesta a hacerlo las veces que sea necesario.

Esperemos que sea por muchos años más.


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