Viajes

Tres ciudades, dos castillos y doce horas en Rumanía

viernes, abril 12, 2019

Castillo de Peleș, en Sinaia, Rumanía, cerca de los Montes Cárpatos
Creo que no hay turista en Rumanía que no haga el tour por los castillos. A decir verdad, nunca he sido del tipo que toma tours, ya sea por dinero, por tiempo o por tener la libertad de hacer las cosas a mi ritmo. Sin embargo, tomando en cuenta el tamaño de Rumanía, un tour era la mejor opción para conocer los castillos de Peleș y Bran, y como valor agregado, el pintoresco Brașov. Todo en un solo día. Mi opción fue TravelMaker, que prometía hacerlo en doce horas.

La primera parada, cerca de Sinaia, fue el castillo de Peleș, residencia de verano del Rey Carlos I de Rumanía, quien lo mandó a construir en un estilo que le recordara su natal Alemania. El castillo es pequeño, pero adorable, digno de cuento de hadas o de película de navidad... Sí, de película de navidad, justo como la que ese fin de semana se preparaban para filmar.

  

  
1a. fila izq. a der. Castillo de Peleș y los Montes Cárpatos bien en el fondo (¿alcanzan a ver la nieve?).
2a. fila izq. a der. Interior del castillo y Castillo Pelișor, porque a veces tu castillo grande te aburre.

Presumiblemente las decoraciones navideñas eran para la tercera parte de "A Christmas Prince", la película navideña de Netflix de la que ya se produjo una secuela (porque obvio, en la primera película se enamoran, en la segunda se casan y en la tercera tienen que producir un heredero). Con lo que me gustan las películas de navidad, este fue un fun fact que difícilmente se me olvidará.

La segunda parada, el castillo de Bran, una trampa de turistas para los que buscan el castillo de Drácula, si bien Drácula nunca existió como tal y no hay registro de que Vlad Tepes -la presunta inspiración del personaje-, ni Bram Stoker -el autor de "Drácula", hayan vivido o visitado el castillo. Aunque mucho menos vistoso que Peleș, esta fortaleza es una máquina de mercadotecnia para todos los entusiastas del famoso vampiro de Transilvania, y la ciudad se aprovecha de ello, ofreciendo todo tipo de souvenirs.

   
 El Castillo de Bran. Un poco meh para mi gusto.

La última parada, siempre en Transilvania, fue el casco antiguo de Brașov, donde tuvimos poco más de una hora para recorrer a nuestro antojo, si bien no hay mucho que hacer, aparte de observar a las demás personas de paseo o sentadas en una de las tantas mesas en la plaza, en medio de una comida o enfrascados en conversación. El cierre ideal para un día lindo, con algo de sol, algo de frío, y la vista de los remanentes de la nieve en las calles que serpenteábamos.


Brașov, con su letrero tipo Hollywood al fondo.


Ahora bien, esta es la mejor anécdota de todo este día: ¿Cuáles son las probabilidades de que tres salvadoreños que nunca se han cruzado antes se encuentren en el mismo tour por los emblemáticos castillos de Rumanía el mismo sábado de marzo? No las sabría calcular. ¿Cuáles son las probabilidades de que sean los vecinos de enfrente de tu jefe? Tampoco lo sabría decir. Sin embargo, ocurre que el mundo es un pañuelo y que, como bien he dicho antes, los salvadoreños andamos metidos en todas partes.

Aunque no interactuamos mucho, a esa pareja le debo haberme dado el último empujón para tomar la decisión de ir a Estambul y mucha inspiración. Ellos apenas iban en el comienzo de su aventura por Europa, recién llegados de Turquía, de paso por Rumanía (con el objetivo de ver los castillos) y con rumbo a Hungría y no sé dónde más. No me imagino cómo será manejar desde Bucarest hasta Budapest, pero sin duda ese tipo de hazaña califica como #RelationshipGoals en mi lista.

En el cine

De esas películas para la autoconfianza femenina

jueves, abril 11, 2019

Una puede ver muchas películas en un vuelo de más de 9 horas o en un domingo en la soledad de un apartamento en otro país. Así terminé viendo los títulos que traigo hoy a colación: "I feel pretty", que en español le pusieron el trágico nombre "Sexy por accidente", con Amy Schumer, e "Isn't it romantic", con Rebel Wilson (esta última disponible en Netflix por si la quieren ver).



La manera más burda de resumirlas es que son protagonizadas por comediantes rubias que se distancian de los cánones de belleza tradicionales y cuyos personajes resienten esto, cada uno a su manera, porque enfrentan algún tipo de discriminación o trato diferente por parte de la sociedad (que puede ser algo tan sencillo como que te manden a buscar en línea porque en la tienda no tienen de tu talla). Para que estemos en sintonía, pueden ver los tráileres a continuación:





En el caso de la cinta de Schumer, su personaje ansía ser bonita, o como ella misma lo dice "innegablemente bonita". En el caso de Wilson, un personaje mucho más cínico, su mamá le dijo desde temprana edad que las chicas como ellas (las que no somos Julia Roberts) no tienen suerte en el amor, lo que la hace detestar las películas románticas.

Por alguna rara coincidencia, las tramas de ambas películas parten del hecho de que nuestras protagonistas sufren duros golpes en la cabeza. Para Schumer, esto significa recobrar la consciencia viéndose a sí misma completamente diferente en el espejo y con una autoconfianza nivel 1,000,000, a pesar de que su apariencia no ha cambiado en nada. Y para Wilson, su mundo se convierte en el escenario de una película de las que ella tanto odia, con outfits al estilo "Pretty woman" incluidos, y un Liam Hemsworth de pretendiente.

Queda en ustedes terminar de ver las películas. Mi reflexión va en el sentido de por qué necesitamos más historias en que las protagonistas salen ganando autoconfianza y autoestima, probándose a sí mismas, creciendo personal y/o profesionalmente, sin importar su apariencia o el interés romántico que Hollywood se esmera en endosarles. 

Recuerdo que en el caso de "I feel pretty" pasé pensando "Ya quisiera ser yo así y que todo me valiera". Tal vez quienes pensamos así no necesitamos un golpe en la cabeza. Solo más historias que nos inspiren.

Viajes

5 cosas que hacer en Bucarest

martes, abril 09, 2019

Una tarde soleada de domingo en Old Town, cerca de la iglesia de San Antonio

Para haber "vivido" en Bucarest por casi cinco semanas, siento que no conocí mucho de la capital rumana, más allá de lo más turístico. Describiría Bucarest como una ciudad llena de contrastes, entre las reliquias que quedaron de los tiempos en que contrataban a arquitectos franceses, los bloques del período comunista, las ruinas de magnos edificios que nunca fueron terminados y paredes cubiertas de graffiti por doquier. Aquí una compilación de cosas que pueden hacer en Bucarest, por si un día terminan en "el pequeño París", ya sea por voluntad propia o por esos giros inesperados del destino.

1. Walking tour del Casco Antiguo (Old Town) de día: Encontré esta compañía Walkabout Free Tour en internet y después de un par de intentos, al fin me animé a salir temprano un domingo por la mañana para hacer el tour por el Casco Antiguo, a pesar de ya conocer la zona. En mi opinión, siempre vale la pena tener una explicación que acompañe lo que estás viendo, y aunque estoy clara de que cada guía tiene su versión de la historia y uno tendría que hacer una minuciosa corroboración de todos los datos para dar por fidedigna la información, yo quedé complacida con el relato de Dani, nuestro guía ese domingo, un joven rumano que después de haber vivido por años en Barcelona, hablaba perfecto español.

  

  
 1a. fila izq. a der. El reloj en la Plaza de la Unión y el Monasterio Stavropoleos.
2a. fila izq. a der. Calle por la Banca Nacional y la plaza frente a la Universidad.

Así fue como escuché otra versión del mito de Vlad Tepes, el príncipe de Valaquia conocido como "Vlad El Empalador" o "Vlad Drăculea", del que tomó algo de inspiración Bram Stoker para escribir su novela "Drácula". Valga la aclaración, Vlad no fue vampiro, aunque sí mandó a hacer empalamientos masivos. La "Curtea Veche" o corte antigua de Vlad Tepes está siendo restaurada en la actualidad.

Busto de Vlad Tepes

Fue también a través de los recuentos de Dani que conocí un poquito acerca de Nicolae Ceaușescu, presidente (y dictador comunista) de Rumania desde 1967 hasta su ejecución en 1989. Parte del legado de este señor es el Palacio Parlamentario (Palatul Parlamentului), que cualquier rumano te dirá hasta con orgullo que es el segundo edificio gubernamental más grande del mundo, después del Pentágono. Hoy en día solo es posible visitar el Palacio con cita previa en grupos de 1 a 9 personas. Yo me conformé con verlo desde afuera.



2. Casco Antiguo (Old Town) de noche: Solo si eso es lo suyo, Old Town está lleno de restaurantes, bares y antros de todo tipo, incluidos unos que ofrecen "masajes". No es mi trip, sin embargo puedo atestiguar de que el ambiente es sano y al menos con los policías merodeando por sus calles da la sensación de seguridad.

El C.E.C., mi edificio favorito de Old Town, un sábado en que la temperatura bajó a -4°
3. Los alrededores del Ateneo Rumano: Sobre la calle Victoria (Calea Victoriei) se encuentran, entre otros, el Ateneo Rumano, sede de la Filarmónica; el Museo Nacional de Arte de Rumania (la entrada cuesta RON 15, unos $4); y la Biblioteca Central de la Universidad de Bucarest, adornada al frente con una estatua del Rey Carlos I (Carol I) a caballo, que en realidad fue un príncipe alemán que importaron para hacerlo el primer rey de Rumanía. En las callecitas de atrás del Ateneo se encuentran simpáticos restaurantes y bares, entre ellos Salón Golescu y, mi favorito por los postres, Chocolat.

  
Izq. Ateneo Rumano. Der. Carol I sobre su caballo.

4. Comer sarmalute y papanași (preferiblemente en Caru' cu Bere): Caru' cu Bere es un restaurante que parece sacado de un cuento de hadas, o como dijo una compañera de trabajo que visitó Bucarest antes que yo, "es como Disney". La decoración al interior es art nouveau y está clasificado como monumento histórico. Si van a probar el plato insignia de la gastronomía rumana, el sarmalute (hojas de repollo rellenas de carne picada) servido con polenta, Caru' cu Bere es probablemente el mejor lugar para hacerlo, en especial un domingo en que todas las familias parecen estar celebrando algo y un par de músicos tocan el piano y el violín, alegrando aún más el lugar. Eso sí, terminen su comida con un papanași (se pronuncia "papanásh"), una especie de dona con yogurt y jalea. La cerveza de la casa también es buena.


Interior de Caru' cu Bere

  
Sarmalute, cerveza de la casa y papanași, cada uno del tamaño de mi puño cerrado


5. Museo de la Villa (Muzeul Satului): Es un encantador museo etnográfico al aire libre donde se han preservado viviendas de diferentes regiones de Rumania. Debe ser lindo en primavera o verano, considerando que está enclavado en el parque Herăstrău, y da justo al lago, pero en un sábado de febrero, terminar la visita fue un desafío. Una visita recomendada si quieren aprender un poquito acerca de la historia de Rumanía.


    

La pregunta más frecuente es "¿Pero te gustó Bucarest?". La respuesta es sí. Es diferente de todo lo que conozco, pero a decir verdad, a estas alturas aún no he conocido un lugar que sea igual a otro. No sé si regresaría por cuenta propia o si viviría en Bucarest (especialmente considerando el frío, y eso que por suerte no lo alcancé a experimentar en su máximo esplendor... alguien me habló de -17° C), pero podría acostumbrarme a caminar tranquila en las calles a casi cualquier hora del día. 

Quizás la libertad sea mi mejor recuerdo de esas cinco semanas.


En el cine

Captain Marvel: Nada que probar

lunes, abril 08, 2019



Vengo tarde a la fiesta, pero solo quería decir lo satisfecha que quedé con "Captain Marvel". Carol Danvers, la primera superheroína en tener su propia película en el universo cinemático de Marvel (vergonzosamente 20 películas después), nos dice literalmente que no tiene nada que probarnos. Pero eso ya deberíamos saberlo.

Si de algo peca esta película, a mi juicio, es de tener demasiadas cosas valiosas que decir: guerras que se pelean a base de mentiras, la manipulación de la historia al grado de ya no saber quién es víctima y quién es victimario, y quizás la más literal (y más propia de nuestros tiempos post #MeToo), hombres que piensan que ellos han hecho a las mujeres y que ellas le deben todo lo que son.

Tengo altas expectativas de cómo será tener a Carol Danvers interactuando con el resto de Vengadores en "Endgame", y más aún de cómo será el MCU con ella después del gran desenlace que supone la película más esperada del año. Para mientras, es justo decir que Capitán Marvel tiene toda mi atención... y la de millones de personas que han asistido a las salas de cine, convirtiéndola en una de las películas que han cruzado la marca del billón de dólares en la taquilla.

Les dejo el tráiler por si no la han visto:



P.D. En una nota más banal, me sentí comprendida al 100% cuando me crucé con este artículo en Elle: "Where is Captain Marvel's hair tie?", considerando esta entrada que escribí el año pasado: "Súper cabelleras" 😂.

Viajes

Siempre tendré a París

domingo, abril 07, 2019

Los jardines de Luxemburgo

Si alguien me diera la opción de teletransportarme un fin de semana a cualquier ciudad que ya haya visitado, en un santiamén mi respuesta sería "París". En ese fin de semana imaginario, pasaría al menos un par de horas en una de las sillas verdes en los Jardines de Luxemburgo y frente al estanque redondo del Jardín de las Tullerías. O en el parquecito atrás de Notre Dame. O caminando por Le Marais, con una pequeña parada en la Plaza de los Vosgos para descansar en la grama. O sentada en la terraza de un café en Saint-Germain-de-Prés. O caminando a lo largo del Sena, por la derecha para no perder de vista la torre Eiffel.

No faltará quien diga que todos son clichés de turista. Y muy probablemente lo sean, aunque no por ello los parisinos han dejado de disfrutarlos en lo más mínimo. Pero París es así, un cúmulo de estampas perfectas para el recuerdo y que todos quieren coleccionar. En mi segundo viaje a París, me di a la tarea de enmendar las carencias que mi primera experiencia me había dejado (leer: Fin de semana largo en París), donde cometí varios errores de novata.

El objetivo era ver todo lo que pudiera en cinco días, como si esta fuera mi última oportunidad de visitar la ciudad de la luz. Cuatro días, si descontamos el jueves que ya había destinado para Disneyland Paris como regalo adelantado por mi trigésimo cumpleaños. Cada día era una batalla y yo, la estratega, tenía que planear las tácticas y sortear los obstáculos que se presentaran en el camino. Ese era mi mindset  desde que comencé a planear el viaje meses antes de junio de 2016.

Museofilia

Según mis cálculos, en 19 días, visité unos 18 museos, dependiendo de qué tan amplia sea la definición de la palabra. En París, fue como si hiciera un check list de todos los museos y atracciones que se pudieran visitar para apretujarlos en un itinerario de cuatro días. Ese era MI trip. ¿Qué les puedo decir? Los museos me hacen feliz. Satisfacen y aumentan mi curiosidad al mismo tiempo.

Lo nuevo (para mí): El Museo de la Orangerie, en un rinconcito de las Tullerías cerca de la Plaza de la Concordia. Aunque relativamente pequeño, su principal atractivo son los nenúfares de Monet que se exhiben en salas ovaladas, entre otras obras impresionistas y post impresionistas.

Lo más fascinante (para mí): El Museo de Artes Decorativas, el vecino del Louvre, que en ese verano de 2016 presentaba una exhibición dedicada a la muñeca Barbie, y otra llamada "Fashion Forward, tres siglos de moda", con preciosas piezas de Chanel, Christian Dior e Yves Saint Laurent, entre otros. Creo que una de las mejores cosas que uno puede hacer para ser feliz es rodearse de cosas bonitas, creativas e ingeniosas, que te maravillan e inspiran al mismo tiempo, y justo así me sentí esa tarde.

    

    

    

1a. fila de izq. a der. Monet en el Museo de la Orangerie, la pirámide del Louvre "desaparecida", el reloj al interior del Museo de Orsay. 2a. fila de izq. a der. Objetos de arte en el Louvre, el Pensador en el jardín del Museo de Rodin y parte de la exhibición "Fashion Forward". 3a. fila de izq. a der. Una familia observa curiosa una escultura en el Louvre, y dos de mis esculturas favoritas en el Museo de Orsay.

También hice la parada obligatoria al Louvre, que me dejó un poco desencantada (y bastante exhausta) porque en lugar de ir a las salas que no logré ver en mi primera visita, terminé caminando en círculos y en un inevitable déjà vu, con la excepción de la galería de los objetos de arte que me resultó bastante interesante.

El cansancio generado por el Louvre me jugó una mala pasada porque para cuando llegué al Museo de Orsay ese miércoles, después de sentarme en un café para mi única comida formal en toda la semana (un boeuf bourguignon acompañado de una corrección a mi conjugación del verbo vouloir por parte del mesero aparentemente ofendido por mi francés), ya iba sobre la hora del cierre y fue poco lo que alcancé a ver en el museo cuyo edificio otrora albergó una estación de tren. No encontré la Puerta del Infierno, pero sí me convencí de que la escultura es de mis formas favoritas de arte, con algunas de las piezas del pasillo central.

Esa preferencia se reivindicó el viernes que visité el Museo de Rodin, ubicado en la residencia de escultor. Ese Augusto sí que era un maestro. "El beso" es simplemente precioso, pero lo que más me llamó la atención fueron las piezas que de alguna u otra manera explicaban el proceso creativo de Rodin, como sus estudios de las manos, moldes y maquetas en barro, y su colección de antigüedades.

  


"El beso" desde distintos ángulos.

Otra de las mayores sorpresas fue que el Pensador y la Puerta del Infierno (otra de las tantas, ya que un año después hallé otra en el Museo Soumaya en CDMX) estuvieran a la intemperie. Claro, si yo fuera el Pensador en medio de un adorable jardín con rosas y con vistas a la cúpula de Los Inválidos y la puntita de la Torre Eiffel tampoco me quejaría de aguantar un poco de sol y de lluvia.

Los jardines del Museo Rodin


De iglesias y edificios monumentales

La Santa Capilla tiene que ser uno de los lugares más hermosos que he tenido la fortuna de ver. Lo curioso es que por fuera no lo parece. Pero una vez tus ojos hacen contacto con los vitrales al interior, una entiende por qué es considerada una joya del gótico y era la capilla de la corte del rey. (Ahora funciona sólo como atracción y es un monumento nacional.

Si lo que uno busca es una experiencia religiosa, la Catedral de Notre Dame sería la respuesta obvia. Aún en medio de las docenas de turistas, se puede disfrutar de la contemplación y, con algo de suerte, de la música del órgano. Otra alternativa es la Basílica de Sacré Coeur, pintoresca desde que se sube en el funicular (a menos que subir tantas gradas sea lo suyo). No sé si fue porque era mi primer día y estaba embelesada con el simple hecho de que estaba en París (¡París!), pero ese lunes sentada a los pies de Sacré Coeur, en medio del bullicio de turistas y locales, me sentí a contento.

El interior de la Santa Capilla

No hay duda de que París tiene algunos de los edificios más bellos del mundo, y también de los más llenos de historia. Si bien Versalles fue una de las pocas cosas que alcancé a hacer en el 2013, mi necedad por verlo en verano me llevó a comprar una entrada específicamente para el martes 14 de junio que habría un espectáculo de las fuentes (o algo por el estilo). Todo mi viaje fue planeado en junio porque era verano. Sin embargo, no todo lo que uno planea sale como uno espera.

Días antes de mi viaje comenzaban protestas y rumores de una huelga de los sindicatos. En vilo estaban mi boleto a la ópera ("La Traviata" en la Ópera de la Bastilla), y mi boleto a Versalles. Para el mediodía del martes, era un hecho que Versalles no abriría y, para el final de la tarde, la función de la obra de Verdi quedaba cancelada. Aparte de la huelga, el frío fue otro de los imprevistos de mi viaje. Semanas antes, el río Sena tuvo una crecida que inundó algunas partes de París y algún fenómeno metereológico se posó sobre Europa con cielos nublados y lloviznas que me persiguieron por la Ciudad de la Luz, Bruselas y Ámsterdam.

Así fue como terminé en Versalles un viernes gris y con lluvia, sin espectáculo de las fuentes ni vistas majestuosas de los jardines. Si esta lección (y la del Louvre) sirven de algo es que hay que pensar dos veces en visitar el mismo lugar con relativo poco tiempo de por medio (en mi caso, dos años y medio y una muy buena memoria no fueron buena combinación), o al menos hacerlo con las expectativas correctas. Pero Versalles ahí está, divino como siempre.

Ese mismo viernes había visitado el Palacio Nacional de los Inválidos, donde están los restos de Napoleón. Si alguien me preguntara qué es lo único que sacaría de mi lista de París, sería esto. Aunque impresionante, el edificio se admira lo mismo de afuera que de adentro, y a menos que tengan una gran afición por el período de la historia de este personaje, probablemente pueden ocupar su tiempo (y dinero) en otro lugar. Perdón si esta es una opinión poco popular.

   

   

Estampas del interior del Palacio Garnier, incluido el escenario mientras se preparaban para "Giselle".

Lo que volvería a visitar es el Palacio Garnier de la Ópera de París, que data del siglo XIX, y que muy vagamente me recuerda a nuestro modesto Teatro Nacional y al de Costa Rica, lo que habla mucho de la influencia que tuvo la arquitectura francesa a nivel mundial (como muestra, en un período de prosperidad en Rumanía, llevaron a tantos arquitectos franceses que a Bucarest se le llamaba "El pequeño París").

Mi sueño siempre ha sido ir a un ballet o una ópera en un gran teatro. Lo más cerca que estuve (antes de ver "El Cascanueces" en Nueva York), fue el tour por este sobrecogedor teatro, y no descarto que algún día que regrese a París por fin pueda sentarme en una de sus butacas para ver una función.

Porque siempre tendré a París en el fondo de mi mente.

Ojalá algún día pueda compartirlo con alguien.


Fechas qué recordar: Del 12 al 17 de junio de 2016
Duración real: 5 días
Experiencias para siempre: T-O-D-O. Pero especialmente la madrugada que ya casi perdía el último metro de regreso al apartamento y sentía que me daba algo del estrés ahí mismo.
Comida memorable: Casi no comí, pero el mesero corrigiéndome ("Je voudrai", pas "je veux") nunca se me olvidará.
Qué faltó de esencial: Mejor clima. Que no hubiera huelga general. Ambas son cosas que salen de mi control.
Qué aprendí: Que a veces no vale la pena repetir lugares.
Presupuesto aproximado: $710, incluyendo el boleto de avión desde Madrid y 6 noches de Airbnb. Me volví loca con los museos.

En mente