Siempre tendré a París

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Los jardines de Luxemburgo

Si alguien me diera la opción de teletransportarme un fin de semana a cualquier ciudad que ya haya visitado, en un santiamén mi respuesta sería "París". En ese fin de semana imaginario, pasaría al menos un par de horas en una de las sillas verdes en los Jardines de Luxemburgo y frente al estanque redondo del Jardín de las Tullerías. O en el parquecito atrás de Notre Dame. O caminando por Le Marais, con una pequeña parada en la Plaza de los Vosgos para descansar en la grama. O sentada en la terraza de un café en Saint-Germain-de-Prés. O caminando a lo largo del Sena, por la derecha para no perder de vista la torre Eiffel.

No faltará quien diga que todos son clichés de turista. Y muy probablemente lo sean, aunque no por ello los parisinos han dejado de disfrutarlos en lo más mínimo. Pero París es así, un cúmulo de estampas perfectas para el recuerdo y que todos quieren coleccionar. En mi segundo viaje a París, me di a la tarea de enmendar las carencias que mi primera experiencia me había dejado (leer: Fin de semana largo en París), donde cometí varios errores de novata.

El objetivo era ver todo lo que pudiera en cinco días, como si esta fuera mi última oportunidad de visitar la ciudad de la luz. Cuatro días, si descontamos el jueves que ya había destinado para Disneyland Paris como regalo adelantado por mi trigésimo cumpleaños. Cada día era una batalla y yo, la estratega, tenía que planear las tácticas y sortear los obstáculos que se presentaran en el camino. Ese era mi mindset  desde que comencé a planear el viaje meses antes de junio de 2016.

Museofilia

Según mis cálculos, en 19 días, visité unos 18 museos, dependiendo de qué tan amplia sea la definición de la palabra. En París, fue como si hiciera un check list de todos los museos y atracciones que se pudieran visitar para apretujarlos en un itinerario de cuatro días. Ese era MI trip. ¿Qué les puedo decir? Los museos me hacen feliz. Satisfacen y aumentan mi curiosidad al mismo tiempo.

Lo nuevo (para mí): El Museo de la Orangerie, en un rinconcito de las Tullerías cerca de la Plaza de la Concordia. Aunque relativamente pequeño, su principal atractivo son los nenúfares de Monet que se exhiben en salas ovaladas, entre otras obras impresionistas y post impresionistas.

Lo más fascinante (para mí): El Museo de Artes Decorativas, el vecino del Louvre, que en ese verano de 2016 presentaba una exhibición dedicada a la muñeca Barbie, y otra llamada "Fashion Forward, tres siglos de moda", con preciosas piezas de Chanel, Christian Dior e Yves Saint Laurent, entre otros. Creo que una de las mejores cosas que uno puede hacer para ser feliz es rodearse de cosas bonitas, creativas e ingeniosas, que te maravillan e inspiran al mismo tiempo, y justo así me sentí esa tarde.

    

    

    

1a. fila de izq. a der. Monet en el Museo de la Orangerie, la pirámide del Louvre "desaparecida", el reloj al interior del Museo de Orsay. 2a. fila de izq. a der. Objetos de arte en el Louvre, el Pensador en el jardín del Museo de Rodin y parte de la exhibición "Fashion Forward". 3a. fila de izq. a der. Una familia observa curiosa una escultura en el Louvre, y dos de mis esculturas favoritas en el Museo de Orsay.

También hice la parada obligatoria al Louvre, que me dejó un poco desencantada (y bastante exhausta) porque en lugar de ir a las salas que no logré ver en mi primera visita, terminé caminando en círculos y en un inevitable déjà vu, con la excepción de la galería de los objetos de arte que me resultó bastante interesante.

El cansancio generado por el Louvre me jugó una mala pasada porque para cuando llegué al Museo de Orsay ese miércoles, después de sentarme en un café para mi única comida formal en toda la semana (un boeuf bourguignon acompañado de una corrección a mi conjugación del verbo vouloir por parte del mesero aparentemente ofendido por mi francés), ya iba sobre la hora del cierre y fue poco lo que alcancé a ver en el museo cuyo edificio otrora albergó una estación de tren. No encontré la Puerta del Infierno, pero sí me convencí de que la escultura es de mis formas favoritas de arte, con algunas de las piezas del pasillo central.

Esa preferencia se reivindicó el viernes que visité el Museo de Rodin, ubicado en la residencia de escultor. Ese Augusto sí que era un maestro. "El beso" es simplemente precioso, pero lo que más me llamó la atención fueron las piezas que de alguna u otra manera explicaban el proceso creativo de Rodin, como sus estudios de las manos, moldes y maquetas en barro, y su colección de antigüedades.

  


"El beso" desde distintos ángulos.

Otra de las mayores sorpresas fue que el Pensador y la Puerta del Infierno (otra de las tantas, ya que un año después hallé otra en el Museo Soumaya en CDMX) estuvieran a la intemperie. Claro, si yo fuera el Pensador en medio de un adorable jardín con rosas y con vistas a la cúpula de Los Inválidos y la puntita de la Torre Eiffel tampoco me quejaría de aguantar un poco de sol y de lluvia.

Los jardines del Museo Rodin


De iglesias y edificios monumentales

La Santa Capilla tiene que ser uno de los lugares más hermosos que he tenido la fortuna de ver. Lo curioso es que por fuera no lo parece. Pero una vez tus ojos hacen contacto con los vitrales al interior, una entiende por qué es considerada una joya del gótico y era la capilla de la corte del rey. (Ahora funciona sólo como atracción y es un monumento nacional.

Si lo que uno busca es una experiencia religiosa, la Catedral de Notre Dame sería la respuesta obvia. Aún en medio de las docenas de turistas, se puede disfrutar de la contemplación y, con algo de suerte, de la música del órgano. Otra alternativa es la Basílica de Sacré Coeur, pintoresca desde que se sube en el funicular (a menos que subir tantas gradas sea lo suyo). No sé si fue porque era mi primer día y estaba embelesada con el simple hecho de que estaba en París (¡París!), pero ese lunes sentada a los pies de Sacré Coeur, en medio del bullicio de turistas y locales, me sentí a contento.

El interior de la Santa Capilla

No hay duda de que París tiene algunos de los edificios más bellos del mundo, y también de los más llenos de historia. Si bien Versalles fue una de las pocas cosas que alcancé a hacer en el 2013, mi necedad por verlo en verano me llevó a comprar una entrada específicamente para el martes 14 de junio que habría un espectáculo de las fuentes (o algo por el estilo). Todo mi viaje fue planeado en junio porque era verano. Sin embargo, no todo lo que uno planea sale como uno espera.

Días antes de mi viaje comenzaban protestas y rumores de una huelga de los sindicatos. En vilo estaban mi boleto a la ópera ("La Traviata" en la Ópera de la Bastilla), y mi boleto a Versalles. Para el mediodía del martes, era un hecho que Versalles no abriría y, para el final de la tarde, la función de la obra de Verdi quedaba cancelada. Aparte de la huelga, el frío fue otro de los imprevistos de mi viaje. Semanas antes, el río Sena tuvo una crecida que inundó algunas partes de París y algún fenómeno metereológico se posó sobre Europa con cielos nublados y lloviznas que me persiguieron por la Ciudad de la Luz, Bruselas y Ámsterdam.

Así fue como terminé en Versalles un viernes gris y con lluvia, sin espectáculo de las fuentes ni vistas majestuosas de los jardines. Si esta lección (y la del Louvre) sirven de algo es que hay que pensar dos veces en visitar el mismo lugar con relativo poco tiempo de por medio (en mi caso, dos años y medio y una muy buena memoria no fueron buena combinación), o al menos hacerlo con las expectativas correctas. Pero Versalles ahí está, divino como siempre.

Ese mismo viernes había visitado el Palacio Nacional de los Inválidos, donde están los restos de Napoleón. Si alguien me preguntara qué es lo único que sacaría de mi lista de París, sería esto. Aunque impresionante, el edificio se admira lo mismo de afuera que de adentro, y a menos que tengan una gran afición por el período de la historia de este personaje, probablemente pueden ocupar su tiempo (y dinero) en otro lugar. Perdón si esta es una opinión poco popular.

   

   

Estampas del interior del Palacio Garnier, incluido el escenario mientras se preparaban para "Giselle".

Lo que volvería a visitar es el Palacio Garnier de la Ópera de París, que data del siglo XIX, y que muy vagamente me recuerda a nuestro modesto Teatro Nacional y al de Costa Rica, lo que habla mucho de la influencia que tuvo la arquitectura francesa a nivel mundial (como muestra, en un período de prosperidad en Rumanía, llevaron a tantos arquitectos franceses que a Bucarest se le llamaba "El pequeño París").

Mi sueño siempre ha sido ir a un ballet o una ópera en un gran teatro. Lo más cerca que estuve (antes de ver "El Cascanueces" en Nueva York), fue el tour por este sobrecogedor teatro, y no descarto que algún día que regrese a París por fin pueda sentarme en una de sus butacas para ver una función.

Porque siempre tendré a París en el fondo de mi mente.

Ojalá algún día pueda compartirlo con alguien.


> A continuación en el viaje: Bruselas y Brujas


Fechas qué recordar: Del 12 al 17 de junio de 2016
Duración real: 5 días
Experiencias para siempre: T-O-D-O. Pero especialmente la madrugada que ya casi perdía el último metro de regreso al apartamento y sentía que me daba algo del estrés ahí mismo.
Comida memorable: Casi no comí, pero el mesero corrigiéndome ("Je voudrai", pas "je veux") nunca se me olvidará.
Qué faltó de esencial: Mejor clima. Que no hubiera huelga general. Ambas son cosas que salen de mi control.
Qué aprendí: Que a veces no vale la pena repetir lugares.
Presupuesto aproximado: $710, incluyendo el boleto de avión desde Madrid y 6 noches de Airbnb. Me volví loca con los museos.

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