Mi soledad y yo (y un litro de cerveza)

Yo siempre abogo por las mujeres que viajan solas. No tener un compañero de viaje no debería ser motivo para no viajar. Creo que la última vez que viajé con alguien fue en el 2018 cuando fuimos a Guatemala con mi hermana a ver a Pablo Alborán en concierto (ah, qué tiempos aquellos 😔), sin contar viajes de trabajo. Y aunque nunca escucharán de mis labios decir que me arrepiento de viajar sola, sería deshonesto de mi parte decir que no hay momentos en cada viaje en que quisiera tener a alguien especial con quien compartir la experiencia. Sigo pensando que me gustaría haber subido las gradas en Toledo con alguien para reírnos al recordarlo.

En este viaje, ese momento de soledad llegó casi al final en Múnich. Quizás porque estaba necia de que quería ir al Jardín Inglés para tener una experiencia "auténtica" de un jardín de cerveza y caminé cuadras y cuadras sin ver más que un par de personas, tanto así que para calmar mis nervios me puse a pensar en una lista de cosas que quería hacer en el futuro y varias de las cosas que entraron en la lista eran ir de viaje con ciertas personas. Cuando llegué al parque y vi que no era lo que yo me imaginaba, no me tomó mucho tiempo decidir que lo mejor que podía hacer era irme a otro lado.

Y así fue como terminé, otra vez, en la zona de Marienplatz, específicamente en Hofbrauhaus, una clásica taberna alemana que los haters desprecian por ser "de turistas". ¿Qué le pasa a la gente con su obsesión con lo auténtico y su rechazo a cualquier cosa que a su juicio sea "demasiado turístico"? Vivan y dejen vivir. Dejando de un lado el rant, Hofbrauhaus es probablemente lo que más recuerdo de Múnich. No por el lugar en sí, sino por el trip emocional que me generó. Acompáñenme a ver esta triste historia.

Entretenimiento para los turistas afuera de Hofbrauhaus


Resulta que en las tabernas no existe tal cosa como "Una mesa para uno". Son mesas comunales. Ves un espacio en una de las bancas y te unes al grupo de desconocidos que, como se pueden imaginar, son personas que viajan en grupo, no mujeres que viajan solas. En mi caso, me senté a la par de un grupo de amigos. Ordené mi comida, resignada a que la cerveza solo la sirven en litros (un litro es demasiado para mí), y para cuando mi bebida llegó a la mesa, la amiga coreana de la par brindó conmigo -nada como dos extrañas diciendo Prost!- y me empezó a sacar plática, la cual obvio, terminó en un comentario sobre cómo mi mamá es adicta a los doramas, a lo que ella gritó "Gu Jun Pyo! Boys over flowers!", y empezó a hablar en coreano con sus amigos. Nada une a una salvadoreña y una coreana en medio de Alemania como Lee Min-ho.

Entre más me tomaba mi litro de cerveza (no es como que lo iba a dejar ahí a medias, ¡costaba un ojo de la cara!), más deseaba no estar sola ahí. La cereza en el pastel fue cuando una pareja se sentó justo enfrente de mí y empezaron a debatir qué hacer porque un litro de cerveza era demasiado para cada uno, entonces decidieron dividirlo en dos jarras más pequeñas. En mi estado semi etílico (yo sé que estoy exagerando, nadie se emborracha con un solo litro de cerveza), más pensaba en que no tengo con quien compartir un litro de cerveza ni de ninguna otra bebida. *Suena "All by myself" de Céline Dion.*

   

El mentado litro de cerveza y el pretzel que pedí, según yo, para "absorber" el alcohol.

Como diríamos coloquialmente, maltripié. Y en eso empecé a afligirme porque no quería ser la turista ingenua a la que "le pega" una cerveza estando sola, de noche, en una ciudad desconocida donde no habla el idioma. Creo que hasta busqué en Google cómo saber si estás borracho o no y si el pan de verdad absorbe el alcohol. Ay, si les pudiera explicar lo gracioso que es mi tren de pensamiento a veces... No me emborraché, pero definitivamente no hagan eso cuando viajan solas. Cada quien conoce mejor su zona de comfort y los riesgos que está dispuesto a tomar, pero siempre es mejor errar por ser precavidos.

Realmente no estás tan solo

Cualquiera diría que viajar solo es fácil para alguien introvertido, pero la realidad es que hasta el más introvertido necesita contacto humano de vez en cuando. Y aunque me encanta la idea romántica de entablar plática con un extraño y hacer amigos cuando estás viajando, de nuevo, la realidad es que eso no pasa así nomás. A lo más que yo he llegado es a platicar con personas interesantes, como la señora de Indonesia con la que almorcé en el Museo del Prado en Madrid, el niño que se rió de mis nervios iniciales en el London Eye o las señoras del tour en Suiza. Supongo que es un hábito que se cultiva con la práctica.

Sin embargo, alguien con quien uno casi siempre interactúa, aunque sea brevemente, es el anfitrión del Airbnb, el personal del hotel, el taxista o el chofer de Uber o Lyft (Walter, de Houston, sigue siendo mi favorito ❤️). Mi anfitriona en Múnich tiene que ser una de las más amables que he conocido. En una conversación de pasillo me contó que nació en Rusia, pero de pequeña su familia se mudó a Israel y ahí fue donde conoció a su novio alemán y después de un tiempo decidieron mudarse a Múnich.

Yo por lo general cuando estoy cansada pago por no hablar (😛), pero después de casi dos semanas rodando de ciudad en ciudad, fue agradable sostener una conversación por más de cinco minutos. Además, tenía un gran sentido de la hospitalidad, algo que es crucial en el mundo de Airbnb. Entre las cortesías que encontré en la habitación estaban un pretzel y una cerveza Paulaner de limón que estaba deliciosa.

Si tuviera que ponerme un objetivo para cualquier viaje a futuro, sería iniciar más conversaciones con extraños. Preferiblemente que no sean en una taberna con un litro de cerveza 🍻.

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