Un día anormal

martes, septiembre 15, 2009

... comienza así

He perdido la noción del tiempo. La forma en que determino qué día es se basa en el lugar adónde llevo a mi hermana y si mi mamá trabaja o no. Colegio y oficina equivale a lunes a viernes. La alarma suena a las 6, no termino de espabilarme, pero me cambio y bajo las gradas como zombie. Me meto al carro para que nadie tenga por excusa que llegó tarde por mi culpa y espero que las pasajeras que abordan esa unidad de transporte estén listas.

Arranco el carro y el día arranca también. El tráfico es pesado, el Gordo Max suena en la radio advirtiendo de huelgas, cierres de calles, accidentes y trabazones. Les voy preguntando qué van a hacer ese día, recordándole a una que pregunte por "x" tarea que no pudo entregar la semana anterior y dicéndole a la otra que no se le olvide que hay que pagar "x" recibo, por el cual seguramente a mí me tocará hacer fila en algún banco.

Se baja la una -que llegó tarde porque jamás salía-; se baja la otra -que por suerte alcanzó a llegar temprano- y termino la ruta. Me parqueo, sentada en el carro me aferro a la última canción que suena, contemplo mi vida vacía, suspiro, agarro la cartera, busco la llave y junto con ella el valor para salir y enfrentar mi día, que comienza una hora después del de aquellas a las que conduzco a una jornada de actividades, con horarios y gente con quién socializar.

Abro la puerta y ya no contemplo mi vida, sino el sofá de la sala que me invita a adoptar una posición fetal para mientras pienso en qué voy a hacer, qué no estoy haciendo bien y qué simplemente no estoy haciendo para salir de ese hoyo. Pensar no me lleva a ningún lado y la idea de que los ojos de la casa vean cómo me hundo en el hoyo negro del sofá me repugna lo suficiente como para que me levante y suba las gradas arrastrando los pies.

Pesados por el desgano me llevan a mi cuarto, caigo de espaldas a la cama, mis ojos se concentran en algún punto del cielo falso y mi mente se pierde tratando de encontrar algún patrón en los rectángulos blancos, luego en las cortinas de encaje, en las sábanas estampadas. Salgo del pasmo y busco el control remoto, enciendo la tele y me pierdo en los reruns de series noventeras. A veces me río, a veces ni siquiera me doy cuenta de cuándo se acabó el episodio.

Ahí, encerrada entre cuatro paredes donde no le estorbo a nadie, donde nadie me ve, donde nadie puede compadecerse ni burlarse, donde nadie se da cuenta, donde nadie pregunta, donde nadie se fija, donde a nadie le importa, a veces lloro, a veces ni siquiera me doy cuenta de cuándo se me salió una lágrima, seguida por otra y un ciento más.

Es un día anormal, repetido de lunes a viernes mientras aguardo por los días normales.

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