Fitness goals

Avances

miércoles, febrero 01, 2017

Mi peso y yo hemos mantenido una relación amor - odio por mucho tiempo. Casi toda mi vida prácticamente. De niña siempre fui "gordita". Una combinación de malos hábitos alimenticios, comerme mis emociones y nula actividad física que me acompañó hasta bien entrada mi adolescencia, y ahora en mi adultez.

Me obligaron a ir al nutricionista por primera vez a mis 15 años. A mis escasos 1.54 metros de estatura estaba en un grado de obesidad media. O en palabras de mi médico de aquel entonces, era una bicha atrapada en el cuerpo de una señora. Un año después había perdido 50 libras a base de una mejor alimentación, aunque admito, cero actividad física.

Tan poco estaba acostumbrado el mundo a mi nueva apariencia que en el colegio una vez me apartaron de la clase para cuestionarme si tenía algún trastorno alimenticio. Otra persona me dijo que no importaba cuánto rebajara, siempre tendría las piernas gordas. Aún estando "delgada" la gente seguía teniendo toda clase de opiniones acerca de mi cuerpo.

Dejaré esto por aquí y me alejaré lentamente...

Logré mantener el peso bajo control por poco más de un año (esta vez sí con ejercicio), hasta que entré a la universidad y al cabo de cuatro años me había encargado de recuperar todo lo que tanto me había costado perder y encima, subir casi 30 libras más. De nuevo la historia se repitió y me obligaron a ir a otro nutricionista. Dos años más tarde, había retomado las riendas de ese aspecto de mi vida y había perdido unas 40 libras. Las suficientes como para no llorar solo de pensar que tenía que ir a una playa pública en un viaje con mi familia.

Sin el afán de hacer de este post un ejercicio de aritmética de Baldor, al año había vuelto a recuperar todo ese peso. Un año después, en medio de dos sustos de salud, había logrado bajar 30 libras. Si buscaran la definición de "Yoyo" o "Rebote" en un diccionario ilustrado encontrarían mi foto al lado. O muchas fotos mías, de mis distintos cuerpos. Fast forward a finales del 2015: en cuatro años había superado mi peso más alto de la manera más autodestructiva posible y con creces, y tocaba mi fondo más bajo (en lo físico, al menos).

Recuerdo cuando vi la báscula e incrédula pensé "¿Cuándo pasó esto?", "¿Cómo dejé que esto pasara?". Pesaba 244 libras, llegué a usar un vestido talla 3X para una boda y era sumamente miserable. Hasta que llegó un punto en enero de 2016 en que sin proponerme mayor cosa ni tener un plan concreto (no más nutricionistas), comencé una serie de cambios. Algunos tan básicos como preferir el agua sobre todas las bebidas y evitar el pan a toda costa. Pero los más significativos tienen que ver con moverme.

Empecé por caminar hasta 3 kilómetros en un parque y me inscribí en clases de salsa on 1 estilo Los Ángeles (algo que en un millón de años jamás habría imaginado). Eso me sirvió de preparación física para un viaje de tres semanas en que caminé hasta desgastar un par de zapatos nuevos. En los últimos meses del año aproveché el gimnasio gratuito de mi trabajo haciendo cardio de 40 a 60 minutos, e inclusive fui donde un entrenador físico con la esperanza de que me diera una rutina de pesas que pudiera seguir. A medida me fui sintiendo más cómoda con mi cuerpo comencé a probar otras cosas, como yoga y dos carreras de cinco kilómetros (caminando, aún no troto siquiera). Quizás lo más importante es que no he dejado de moverme.

¿Adivinen quién ha perdido 45 libras?

YOOOOOOOOOOOOOOOO

Y aunque yo sé que me falta un buen camino por recorrer, con este avance he recuperado cinco años de mi vida y nunca me había sentido tan confiada de que esta vez es un cambio permanente. Nunca quiero regresar a eso. Quiero sentirme cómoda con mi cuerpo y tener la condición física para hacer más cosas que difícilmente habría podido hacer antes o que nunca se me habrían cruzado por la mente. Quiero, sobre todas las cosas, ser amable conmigo misma.

Ahora un mensaje de Elle Woods para motivarnos todos 😉:


Dulce amargo amor

Yo en el amor

martes, enero 31, 2017

¿Alguna vez han dedicado mucho tiempo a desear algo y, cuando por fin lo tienen, no es lo que ustedes tanto estaban esperando? Algo así me pasó hoy, cuando deliberé por media hora si me "merecía" o no algo dulce después del almuerzo. Aunque la respuesta debería haber sido "No, no lo necesito. Apártate, Satanás", sucumbí a mis más bajos instintos (forever niña gordita 😭). Siendo la persona indecisa que a veces soy, no fue sino hasta la tercera tienda a la que entré que me convencí de comprar algo: un relámpago. 

Sí, este es un relámpago, también conocido como éclair. Oh là là, señor francés.
Al frente del mostrador había una fila de dorados relámpagos con crocante cubierta de reluciente caramelo, y aunque yo sabía que ese bodoquito de pasta choux relleno de crema pastelera no me iba a cambiar la vida, hice mi orden. "Un relámpago para llevar, por favor", a lo que la señorita de la panadería procedió a tomar uno del fondo, que de lejos parecía que no tenía caramelo.

¿Quién querría un relámpago sin caramelo? Todo el propósito de la existencia de los relámpagos es que podamos morder el caramelo duro, a expensas de embarrarnos la nariz de miel (#truestory). El relleno cremoso es como un bonus track. Sin embargo, no dije nada. Pude haberle dicho "¿Me puede dar uno de estos?" y señalar uno de los caramelosos. No me estaban dando lo que yo quería y necesitaba, y no dije nada.

Y mientras pagaba $0.60 por algo que no me iba a hacer feliz, solo pensé para mis adentros "Yo en el amor". A veces tan incapaz de hablar y de decir las cosas como si todavía fuera la niña de 5 años que a mediados del año escolar la profesora se dio cuenta de que no hablaba con nadie.