Madrid y los tintos de verano

sábado, mayo 26, 2018

Madrid y yo comenzamos con el pie izquierdo desde el momento en que llegué al London City Airport para que me dijeran que mi vuelo había sido cancelado y me mandaran a Heathrow en un taxi de esos negros con un tipo insoportable que no hacía más que quejarse, aprovechándose de que yo hablaba español y el conductor no. Un día perdido, con todo y boleto para el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Aquello de que no hay que comprar boletos para el mismo día que llegas a un lugar es muy cierto.

El camino de Barajas hacia el Airbnb se me hizo eterno, con dos cambios de líneas en el metro. Tan cansada estaba que dejé que un extraño me ayudara a subir mi maleta por las gradas a mi salida en Atocha, aún con miedo de que saliera corriendo con ella, pero sin ganas de protestarle a mi cuerpo. Esa maleta que llevaba dos semanas de arrastrar de un país a otro. Creo que no hubo anfitrión de Airbnb que no juzgara de reojo su tamaño, ya fuera cuando tocaba subirla en un minúsculo ascensor o cuando ofrecían su ayuda para subirla por escaleras estrechas.

Tal vez fue suerte de principiante, pero en todo el viaje la mayoría de mis alojamientos resultaron estar muy bien ubicados y aún los que estaban más alejados estaban a una distancia "caminable" de la estación del metro o el tram, lo que facilitaba usar el transporte público. Mi Airbnb en Madrid estaba en la ubicación perfecta, desde donde podía caminar a todas partes, especialmente a la estación de Atocha, donde tomé los trenes a Toledo, Sevilla y de vuelta a Barajas el día de mi partida. Ese piso sería mi centro de operaciones para la última semana de mi viaje.

De museos y parques

Cibeles, que ya se me apareció en un sueño, como quien dice "¿Cuándo vas a regresar?"

Ese martes comenzó casual con una caminata bajo el sol hacia el Museo del Prado, donde tenía una reservación para la exposición que conmemoraba el V centenario de la muerte del Bosco, que era el acontecimiento del año (2016) en el museo madrileño. En general, el Prado es un museo bastante navegable, que dedica la gran mayoría de sus metros cuadrados a la pintura española del año 1110 a 1910. Uno de los principales atractivos son las salas dedicadas a Velásquez, con el enorme cuadro Las Meninas en la sala 12.

Si me preguntan, lo que más disfruté de mi visita fue la cafetería, no por el carísimo bocadillo de jamón que terminé comprando porque tenía hambre y aún me quedaba medio museo por ver, sino por la señora de Indonesia vestida muy elegante con quien departí en el almuerzo. Fue de las contadas conversaciones que tuve en todo el viaje y nos entendimos en inglés, algo que ella no dejó pasar desapercibido, halagando mi falta de acento. 

Ninguna de las dos sabía dónde estaba el país de la otra en el mapa, aunque yo siempre explico "two countries below Mexico". Ella estaba en Madrid porque su hija, que había estudiado en una de las mejores universidades de negocios en Londres estaba ahí por una reunión de trabajo, y había ido al Museo a entretenerse en su ausencia. Hablamos de museos y de otras ciudades europeas. Quisiera recordar más de nuestra conversación, pero lo que sí es seguro, es que nunca olvidaré cómo nuestras soledades se acompañaron por unos minutos.

    

      
De izquierda a derecha: San Jerónimo El Real, Real Academia de la Lengua, Puerta Felipe IV a la entrada al parque del Buen Retiro, plaza Parterre, estanque grande del Retiro, y el Palacio de Cristal


 A mi salida del museo, me di a la tarea de buscar la entrada al Parque del Buen Retiro. A esa hora, el sol quemaba tanto que las plantas de mis pies me resintieron por mi selección de calzado. El Retiro, como casi cualquier espacio público al aire libre en las ciudades que visito, me hizo sentir envidia de los madrileños. Quisiera creer que si viviera ahí, iría al Retiro todos los fines de semana. Tal vez sería mi parque favorito y caminaría hasta darle la vuelta a la fuente frente al Palacio de Cristal y luego me iría frente al estanque grande a ver a las parejas y familias en los botes. Y quizás, justo como en esa primera visita a finales de junio de 2016, no terminaría de conocer cada rincón, porque me quedaría con aquellos que me gustan más.

La puerta de Alcalá: mírala, mírala, mírala, mírala
Salí por el acceso que da a la icónica Puerta de Alcalá, desde donde caminé en línea recta por la calle de Alcalá, pasando por la Fuente de Cibeles, y frente a ella, el Palacio de Correos, que por aquella fecha vestía la bandera arcoíris en apoyo al desfile del orgullo gay. Cibeles es un conocido punto de celebración para los aficionados del Real Madrid, y justo donde termina el Paseo del Prado, comienza el Paseo de Recoletos, seguido por el Paseo de la Castellana, la calle que lleva al Estadio Santiago Bernabéu. La noche siguiente recorrería esta calle en el bus 27, por sugerencia de Nico, mi anfitrión de Airbnb, quien al comentarle que iba al concierto de Plácido Domingo me dijo que mejor aprovechara de ver las calles y los edificios desde el bus, en lugar de tomar el metro.


   
Dos de las esquinas frente a Cibeles

La calle de Alcalá tiene algunos de los edificios más bonitos de Madrid, entre ellos Metrópolis. Hasta que llegué a la Puerta del Sol. Yo soy esa turista despistada (o cansada de caminar) que no vio la estatua del Oso y el Madroño, ni el Kilómetro Cero. Lo que vi fue el movimiento de la gente de un lado al otro, y los comercios por todas partes. Me di por satisfecha y comencé a caminar de regreso a Ronda de Atocha. No sé si no tomé el Metro bajo la lógica de que apenas eran un par de paradas o qué, pero sí recuerdo ver el Teatro Calderón en mi camino. 

Tío Pepe en la Puerta del Sol
Esa fue la primera de dos noches que terminé en un 100 Montaditos por la conveniencia de que me quedaba en el camino... y por los tintos de verano. Hay algo cómico en tener que aprender a hacer cosas tan básicas como ordenar tu comida cuando llegas a un lugar que no conoces y que por ende no sabes cómo funciona, tanto así que ordené una cantidad absurda de comida.  Pero quién no ama terminar un día con comida y bebida en abundancia, en un lugar en que las risas de amigos y colegas rompen el silencio de los viajantes solitarios, donde con un poco de vino te animas a intercambiar palabras en francés con un grupo de oficinistas bulliciosos.

> En medio del viaje: Toledo

Feliz cumpleaños a mí

En mi segundo día en Madrid, salí de la ciudad. Me fui a Toledo y por la noche fui al concierto "Plácido en el alma", un espectáculo que terminó bien pasada la 1:00 a.m. Don Plácido (qué cómo más se le llama a un artista de ese nivel), nos despidió diciendo que ya era muy noche, que nos fuéramos con cuidado por favor. Mares de personas salían por los vomitorios del estadio del Real Madrid buscando la salida y luego, la estación del metro, donde se agolpaban para alcanzar uno de los últimos trenes de regreso a casa. 

Con tantas emociones para un día - desde el momento en que corrí en Toledo para alcanzar el tren de regreso, hasta caer en cuenta que estaba escuchando a Andrea Bocelli cantar "Nessun dorma" en vivo-, es justo decir que mi cumpleaños me encontró un poco exhausta. O serían las tres semanas fuera de casa, los 30 años, pensar que el viaje estaba por acabarse y tenía que regresar a mi poco atractiva vida habitual. O todas las anteriores.

Ese 30 de junio fue y continúa siendo la única vez que he pasado un cumpleaños sola. Seis meses antes alguien me había dicho que todo el viaje era una "crisis de edad" (vaya manera de juzgar), lo cual no podría ser menos cierto. Y aunque no voy a negar que con el viaje tenía la intención de, por qué no, "encontrarme a mí misma", yo no tuve uno de esos momentos de despertar espiritual en que de repente todo se volvió más claro. Lo que recibí fue lección tras lección de cómo andar por la vida y ser resiliente. Para eso viajo, sin importar la edad que tenga.


      

      
De izquierda a derecha: La Plaza de España con Cervantes, Don Quijote y Sancho Panza; el Palacio Real; los Jardines de Sabatini, la Plaza de Oriente con el Teatro Real al Fondo; el Palacio Real visto desde la Catedral de la Almudena; y un edificio en algún lugar entre la Plaza Mayor y la Plaza del Sol

Fue un perfecto día soleado en el que la primera parada fue la Plaza de España, presidida por una estatua de Miguel de Cervantes y a sus pies, Don Quijote y su fiel escudero Sancho Panza. Mi mala ubicación espacial me previno de encontrar el Templo de Debod, que se veía tan cerca en mi captura de pantalla de Google Maps*, pero con el cual no pude dar porque no entendí adónde tenía que cruzarme la calle. Y lo admito, llega un punto en que ya estás tan cansada en que no te vas a molestar en ir a ver qué vas a encontrar si caminas un par de cuadras más en la dirección contraria, porque en todo lo que piensas es que luego vas a tener que caminar de regreso al punto donde comenzaste.

Lo que sí encontré fueron los Jardines de Sabatini, un rinconcito precioso atrás del Palacio Real. El paisajismo puede hacer maravillas para una ciudad. Después, el Palacio Real de Madrid y a su lado, la Catedral de la Almudena. De mi mamá he aprendido a entrar a cuanta iglesia se me atraviese en el camino y, aunque a menudo se me olvida pedir las tres gracias, siempre intento apreciar el interior, en especial el silencio y a los otros visitantes que sí están concentrados en oración. La Almudena no fue la excepción y me aseguré, en honor a mi mamá, de agradecer por un año más de vida.

¿Otras formas de celebrar un año más? Caminar por toda la Calle Mayor en busca del Mercado de San Miguel, un conocido mercado gastronómico donde una indecisa como yo sufre y le da tres o cuatro vueltas hasta que decide que lo mejor es picar un poco de todo lo que le da la gana. Ensalada de cangrejo con alga wakame, gazpacho, tortilla de patatas, queso Camembert frito, flan de verduras, banderillas de aceitunas que estaban deliciosas... pero lo que más recuerdo, irónicamente, es el mojito de vermut capaz de noquear a los inexpertos. 


  
A la izquierda, Plaza de la Villa. A la derecha, Plaza Mayor


Por suerte, salí victoriosa (y en pie) de ahí y me fui hasta la Plaza Mayor, donde me desvié a la Chocolatería San Ginés para tomar chocolate con churros, algo que le había prometido a mi hermana que haría. Creo que nunca había tenido un cumpleaños tan libre. Ni cuando cae en fin de semana. La nostalgia me alcanzó en el Corte Inglés, donde compré una porción de pastel red velvet y otros postres miniatura que me acompañaron al apartamento en Madrid, desde donde le mandé una foto a mi familia. Feliz cumpleaños a mí.

Ese jueves fue el último día que exploré Madrid, ya que a la noche siguiente solo me despediría de la ciudad, de España y Europa a mi regreso de mi pequeña aventura por Sevilla, una vez más en el 100 Montaditos de Atocha, con una jarra de tinto de verano y más comida de la que necesitaba (todo por menos de $12). Como dijo Shakira, ahí te dejo Madrid. Hasta la próxima vez.


> A continuación en el viaje: Sevilla



* Todo el viaje lo hice sin datos y dependía de encontrar Wi-Fi gratuito, por lo que antes de salir de casa me aseguraba de llevar capturas de pantalla de los mapas e indicaciones que pudiera necesitar en el día. Esto, como se pueden imaginar, no siempre funcionaba.

Fechas qué recordar: Del 27 de junio al 1 de julio* de 2016
Duración real: 4 días, dos de los cuales hice viajes del día a Toledo y a Sevilla
Experiencias para siempre: Caminar por todas partes.
Comida memorable: El Mercado de San Miguel. 100 Montaditos y el tinto de verano. Churros con chocolate en San Ginés.
Qué faltó de esencial: Explorar más allá del Centro. El Templo de Debod.
Qué aprendí: Que hay que respetar cuando el cuerpo ya está cansado.
Presupuesto aproximado: Alrededor de $550, contando el vuelo de Londres a Madrid y cinco noches de estadía en Airbnb (aunque este último era bastante barato e incluía pan, mermelada y jugo para el desayuno). El día de mi cumpleaños me fui un poco de bolsa con la comida y gasté una millonada en probar varias cosas en el Mercado de San Miguel, por lo que aún es posible quedar por debajo de ese presupuesto.

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